Al despuntar el día se levanta una oronda marrana y saluda a sus ocho dormilones lechoncitos que, como a la mayoría de las crías, les cuesta abrir el ojo cuando el sol aún no ha calentado lo suficiente el día. Y, como buena madre, lo primero que hace es darles el desayuno: ¡Leche a discreción! Luego enfilan hacia su poza de fresco y suave barro donde pasan la mañana hasta la hora de la siesta. Pero los pequeños cerditos tienen energía extra que gastar así que, dejando a su madre bien dormida, suben por una pequeña colina que termina abruptamente y a cuyos pies se levanta un manzano demasiado generoso como para pasarlo por alto. Un salto de órdago y un gran atracón de fruta como recompensa hasta que aparece la madre con cara de pocas pulgas y de un buen grito los pone a derecho.
Este álbum tiene la virtud de tener unas ilustraciones que, a pesar de su sencillez (todas en blanco y negro a excepción de los cerditos que contrastan con un clásico rosado), son sumamente expresivas y cálidas. Y no podría ser de otra forma, pues el texto no es más que una secuencia de "oinks" en diferentes tonos y expresividades. Para un ojo poco entrenado, podría no ser más que una historia excesivamente simple y hasta insulsa, pero sería un error enorme catalogarla así ya que la historia tiene todo lo que una buena obra debe poseer: tensión literaria. Y una gran cuota de humor que sus hijos le agradecerán con unas sonoras carcajadas antes de dormir.