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DD.HH.: a río revuelto 

Rincón del autor. Dentro de poco nos dirán que el grupo Colina era un coro castrense y que Fujimori y Montesinos son víctimas de un complot perpetrado por quienes trabajan en DD.HH

Por Mariella Balbi

José Ignacio Salafranca, español y diputado europeo, presentó una moción en ese Parlamento para incluir al MRTA --grupo asesino y criminal-- en la lista de organizaciones terroristas mundiales. Fue a pedido de nuestro embajador en Bélgica. Según un diputado español, a nuestro diplomático se le explicó que la votación era bastante azarosa. Más aun, cuando la moción se refería a "la cohesión social y al desarrollo sostenible" dentro de la cumbre que pronto se realizará en Lima. No queda claro si el Parlamento Europeo le pidió opinión sobre el MRTA a Aprodeh o esta actuó motu proprio. Aprodeh metió la pata, en realidad, las cuatro. Ojo que en su comunicación no absuelve al MRTA, ni lo exime de su condición de movimiento terrorista. Pero con tacto de elefante considera que no debe incluírsele en la lista negra, con un argumento deleznable: que está inactivo.

Ninguna otra organización de DD.HH. coincide con la malhadada carta de Aprodeh, quien sostiene que actuó así para defender a inocentes a quienes se les pretende 'chantar' el sambenito de 'emerretistas', cosa que es verdad. Desafortunada decisión porque por mirar el árbol se deja de ver el bosque. Dentro de los hechos mencionados se debe incluir que lo decidido por el Parlamento Europeo no es vinculante y puede enmendarse. Pero el efecto dominó ha sido devastador. Va desde acusar a Aprodeh de traición a la patria por una opinión --cosa insensata-- hasta embarrar a las organizaciones de DD.HH. Como la historia es cruel en el Perú, al mismo tiempo de la innecesaria grita, se comprueba lo que sabíamos hace tiempo: en el cuartel Los Cabitos, Ayacucho, se asesinaba y desaparecía a muchos peruanos, sin juicio ni derecho a la defensa y previa tortura de rigor. Se han encontrado cadáveres, restos, huesitos (de niño). Las víctimas suman más de 100.

La avalancha contra el indispensable respeto a los DD.HH. en el Perú es histérica e interesada. El Gobierno ya sacó a la Coordinadora de DD.HH. --que discrepa públicamente con Aprodeh-- del Consejo Nacional de DD.HH. y, de paso, le pegaron un portazo a la Iglesia, ¡plof! Se quiere la cancelación de la vapuleada ONG, se escarba en sus presupuestos, como si se pudiera trabajar ad honórem. Y la esperanza de cancelar los juicios a los militares que violaron flagrantemente los DD.HH. renace. Dentro de poco nos dirán que el grupo Colina era un coro castrense y que Fujimori y Montesinos son víctimas de un complot perpetrado por quienes trabajan en DD.HH. 

Así las cosas, nos volvemos a dividir como en las épocas más sangrientas de Sendero y el MRTA, y se sindica absurdamente a los defensores de los DD.HH. como aliados del terrorismo. El argumento de que nunca se preocuparon por los policías y las fuerzas del orden es falaz, pues deja de lado que el Estado no puede actuar con los mismos métodos que la subversión. Mientras, el narcoterrorismo, el senderismo y todos los 'ismos' se frotan las manos. Como dijo un peruano ilustre: Todo vuelve a la normalidad. ¡Qué tal autogol el de Aprodeh!

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