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Declarar no es lo mismo que comunicar

Por: Juan Paredes Castro |

Al margen de si es o no un factor decisivo en la desaprobación del presidente Alan García, la ausencia de una buena comunicación en y desde el gobierno resulta evidente.

En efecto, el gobierno se rompe la cabeza pensando en cuál sería la fórmula de una buena comunicación. Y a lo primero que recurre es al viejo vicio peruano de la declaración política, de ministro a paje, como si el problema fuese llenar un déficit nacional de palabrería.

No se trata de si este ministro es locuaz y constituye una garantía de que sus actos generarán una mejor percepción pública, respecto de aquel otro que, en el extremo, prefiere exhibir hechos y no palabras y propiciar a su alrededor un punto muerto de comunicación.

El error radica en creer que todo debe resolverse con palabras, no importa cuán lejos se vaya con ellas.

La apuesta por una buena comunicación del gobierno tendría que estar conectada con las obras que hace y los resultados que alcanza, y por supuesto con las señales de sentido de futuro o predictibilidad que desearían sobre todo los desconfiados inversionistas extranjeros aún renuentes a mover sus capitales hasta aquí.

La apuesta tiene que incluir una buena dosis de verdad y credibilidad, que haga consistente el mensaje que se quiere transmitir y fijar en el concierto público.

Mientras el gobierno piensa en construir una sencilla pero eficaz manera de dar a conocer sus tareas y logros, debe también promover la restricción de la 'declaratitis' ministerial, cuyos efectos son absolutamente contrarios, porque quien pasa a vivir en los medios no es el mensaje sino quien lo transmite.

En el Congreso la cosa es más grave. La 'declaratitis' está a la orden del día y del modo más caótico imaginable. De ahí que la agenda parlamentaria no esté pintada en ningún mural de recordación pública y la gente tenga que guiarse casi siempre por la versión personal del declarante de turno.

De esta manera tenemos un mundo político armado de declaraciones en lugar de hechos y una tendencia casi maniática al caudillismo verbal, con lo que la posibilidad de establecer, por ejemplo, voceros oficiales y oficiosos siempre ha fracasado.

El último vocero de prensa que conocimos fue Carlos Urrutia, durante el gobierno de Alejandro Toledo. No acabó su oficio porque no conociera su trabajo sino porque cada aparición suya suponía una pérdida de espacio mediático para el presidente.

Esto que es normal en la Casa Blanca, en Washington DC, no funciona en el Perú.

¡Y cuánto bien nos haría tener voceros oficiales antes que declarantes pesados y aburridos!

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