Por El Veco. Escritor y periodista
Cuando un equipo juega 360 minutos continuos sin hacer un gol, la eliminación de la Champions es un derecho bien adquirido. El clásico 4-4-2 de Ferguson cerró los caminos del Barza y un error mayúsculo de Zambrotta abrió al Manchester United el tránsito hacia Moscú y la final. El colorado Scholes recibió el pase impecable del rival para fusilar a Valdés desde 30 metros y vivir una extraña duda a sus 33 abriles, si abrazarse con Cristiano Ronaldo o darle las gracias al lateral italiano de la tienda enemiga. Dos años sin títulos hundieron la última balsa catalana en aguas inglesas.
Y para peor, el Real Madrid está al borde del bicampeonato liguero, lo que acentúa una bronca tribunera que se come las uñas y los codos, que pide renuncias en masa, desde el presidente Laporta al utilero. Reclaman que Eto'o y Henry con amnesia de goles devuelvan la plata y que el técnico Frank Rijkaard se tome un barco rumbo a la tierra del nunca jamás.
El holandés dejó una frase con aroma a chau: "No voy a decir me voy, otra cosa es que me digan que me vaya". Frase que se puede traducir con nostalgia infantil en "no me mates con cuchillo, mátame con tenedor".
El portugués Deco sumó otra envuelta en sinceridad: "Creo que cada uno tiene su parte de culpa", o sea "de este incendio todos salimos chamuscados".
El pragmático Manchester hizo un gol y lo aguantó. Al Barza solo le quedó la gambeta de Messi y la ilusión de que repitiera su gol maradoniano de tiempo atrás, por su exclusiva cuenta. Fue la única luz y se apagó por una razón: la defensa del Manchester no es la del Getafe, que lo miró y lo dejó pasar.
Esta derrota marca el final de un proceso. ¿De qué sirve tener más la pelota? Faltó efectividad y quizás algo más. "El Barza muere sin decir ni pío", tituló "El País" de Madrid. Un símil tomado del gallinero siempre implica ambición retaceada. Déficit tan grave como el pizarrón borroneado y la falta de gol.