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¿De qué tamaño es la oreja del Gobierno?

Por: Juan Paredes Castro |

Hay algo en la actual coyuntura que debería hacer sentir al gobierno más que agradecido: las críticas que se le han hecho a propósito de su desaprobación en las encuestas.

Si esas críticas no han hecho más que molestar al presidente Alan García y a sus ministros, sin provocar en ellos una buena asimilación de reprimendas, orientaciones y consejos, estaríamos asistiendo al peor desperdicio de oportunidad de rectificación que se les haya brindado hasta hoy.

Por el contrario, si el Gobierno, en su integridad, ha puesto la oreja suficientemente grande como para escuchar al sabio, al necio y al indiferente --como dice la canción-- es hora de procesar todo lo visto, escuchado y leído para hacer un seguimiento exhaustivo de sus errores y aciertos, de sus metas y objetivos, y de lo que es muy importante: de las demandas y necesidades populares, que constituyen la mayor brecha de desconexión entre la sociedad y el poder.

¿A todo esto, el tamaño de la oreja gubernamental guarda relación coherente con su capacidad auditiva y sus conexiones y sensaciones de racionalidad?

Nunca antes como en los últimos tiempos, politólogos, sociólogos, psicoanalistas, economistas, analistas de opinión y especialistas en temas de gobernabilidad, pobreza, desarrollo social, inflación y manejo monetario, han construido todo un caleidoscopio de recetas que García, Jorge del Castillo y los demás colaboradores del Gabinete tendrían que comenzar a aplicar sin más pérdida de tiempo.

De ahí que preguntemos con toda razón por el tamaño y la calidad de la oreja gubernamental.

¿Así como hubo quien lideró la estrategia del TLC, quién debe y tiene que liderar el desarrollo del empleo, el combate contra la corrupción (que emana señales altamente negativas contra el Gobierno), la reestructuración del aparato empresarial estatal, la destrucción de los núcleos de ineficiencia enquistados en los ministerios y la superación de los problemas y vacíos de gestión estatal, inclusive en relación con los gobiernos regionales y locales?

Saber escuchar supone, por supuesto, no hacerse de la vista gorda frente, por ejemplo, al Fonafe, gran culpable del desastre del Banco de Materiales, y hasta hoy metido en el clóset del favor político partidario.

Sería un descuido muy grande si no hubiera una gerencia de la escucha presidencial y gubernamental, que permita procesar sistemáticamente la acumulación de críticas y observaciones y sus parámetros aplicables más idóneos.

Bien, pues: no hay peor oreja que la que no quiere oír, por grande y mejor sintonizada que parezca.

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