Por Gustavo Rodríguez. Escritor y Comunicador
En nuestro país he visto botellas plásticas de Inca Kola que, agujereadas y conectadas a mangueras, sirven como rociadores de riego. He visto originales carteras tejidas con globos de cumpleaños. También rectilíneas y resistentes sillas hechas con cartones bien prensados entre sí. Siguiendo con este insumo, también he escuchado noticias sobre sánguches servidos en la calle en los que la carne ha sido reemplazada por un cartón bien especiado y apanado. He sido testigo de paredes coronadas por picos de botellas para disuadir a ladrones trepadores. He observado a muchachitos subir a micros con panderetas donde son chapitas de gaseosas las que hacen el ruido. He visto la hermosa obstinación de la editorial Sarita Cartonera, que convierte los desperdicios de cartón en vehículos de literatura. También a diseñadores industriales hacer lámparas con botellas de plástico transparente. A paisanos nuestros calzando ojotas que alguna vez fueron llantas de automóvil. A políticos que resucitan viejos discursos y los hacen parecer novedosos. He visto bolas de billar convertidas en empuñadoras de palancas de cambios. Me he topado con músicos callejeros que han convertido en quenas desgastados tubos de PVC. He escuchado rumores sobre escritores que les dan una segunda vida a los textos que otros ya escribieron. He notado desde mi niñez cómo muchos pintores de casas transforman los periódicos de ayer en gorritos de trabajo. He visto una instalación artística donde un lote de caset de VHS le da forma a una huaca posmoderna. En estos momentos tengo a mi lado un vaso de agua montado sobre un posavasos de corcho reciclado. Ya que hablé de mi entorno doméstico, mi esposa almacena nuestros desperdicios orgánicos para transformarlos en fertilizante. En nuestro país también he visto jeans viejos transformados en carteras. He sabido de colegios que han recolectado tapitas plásticas de gaseosa para que un artista las convierta en obras de arte. He visto grandes pliegos de Vinifán convertirse en parabrisas traseros cuando la crisis arreciaba, y hasta un papel rojo de lustre ocupando el lugar de un faro trasero robado. He visto cámaras enormes de llanta servir de contenedores de cerveza fría en populosas fiestas patronales. He observado a mi madre juntar el pan viejo de la casa y transformarlo en un budín que no ha podido ser superado en mi recuerdo. He jugado frontón en canchas donde las redes de contención antes fueron redes de pescar. He admirado hermosos y minuciosos mates burilados que alguna vez estuvieron adosados a una planta. He visto baldes de pintura convertidos en maceteros. He visto, en suma, que somos un país católico, pero que también creemos en la reencarnación de las cosas. Sin embargo, la futura planta de tratamiento de aguas servidas de Taboada, Ventanilla, parece que irá en contra de esta voluntad masiva. Costará 280 millones de dólares para tratar una gran parte de las descargas de los desagües de Lima antes de verterlas en el mar. Repito: antes de verterlas en el mar. Lima es, junto con El Cairo, la capital que más carece de fuentes de agua: prácticamente está asentada en un desierto. ¿Será posible que se construya esa planta millonaria para tratar el agua y tirarla, en vez de usarla en el riego de nuestras áreas verdes? Si hay peruanos capaces de transformar un cartón en hamburguesa, ¿no seremos capaces de convertir nuestros miasmas en agua de riego? Una población que recicla hasta el tuétano. Una población que necesita agua. Dos realidades que parecen no haberse tomado en cuenta, ¿o me equivoco?