Por Renzo Guerrero De Luna
Al pie de la cruz de la iglesia de San Francisco, la pequeña Rosa y sus hermanos luchan por dejar constancia de su fe. Vela en mano, intentan pegar la cera al cemento. Su madre está cerca, repartiendo ponche a las casi 100 personas que han llegado hasta el templo para rendir culto a la cruz. Es viernes 2 de mayo y están celebrando la fiesta del Cruz Velacuy, que se inicia en el Cusco con esta velada y culmina, dos días después, a veces tres, en completo jolgorio, pasando por momentos de reflexión, llanto y baile. Nadie se quiere perder esta conmemoración religiosa, ya sea por la lealtad que le tienen a determinada imagen o por la juerga que realiza cada persona que tiene a cargo los agasajos a la cruz. Por eso Rosita, pese a que casi es medianoche, sigue despierta. Aún ríe, aún reza.
Por primera vez en la celebración de esta reconocida fiesta se ha promocionado un recorrido para conocer un poco de la historia de las cruces más importantes. Don Omar, que no es el cantante de reggaetón, es el guía que el Colegio de Licenciados en Turismo del Perú (Colitur) designó para esta excursión nocturna.
Según él, esta tradición occidental se inició en el Cusco allá por 1710, cuando un hombre llamado Sebastián Castañeda veló sin ninguna compañía una cruz en un cerro cercano a la ciudad. También cuenta que existen dos tipos de cruces, las de guardianía y las de protección, como la de San Francisco, por ejemplo. Allá arriba lleva siempre a Jesús con los ojos abiertos, siempre.
Ahora existen decenas de cruces en templos, barrios o hermandades. Todas reciben pleitesía. La más representativa de la Ciudad Imperial es la Cruz de Tetecaca, colocada en una huaca y que cuenta, además de 500 trajes, con un trono propio. Es la única que lo tiene y es tan relevante en la sociedad que al año se le celebra 15 veces.
Otra cruz importante es, sin duda, la ubicada en la avenida Recoleta. Conocida como la cruz de la despedida, porque hasta ese lugar llegaban los familiares para decir adiós a sus seres queridos cuando se iban de viaje, este enorme bloque de cemento guarda una serie de historias.
Cuenta una leyenda que dos amigos, Carlos y Luis, juraron frente a ella, que quien muriera primero debía regresar de ultratumba y contar al otro cómo era la muerte. Luis murió a las pocas semanas y decidió volver. Carlos lo esperó en la cruz para preguntarle cómo era el más allá. Luis se le acercó y comenzó a forcejear con él, como tratando de llevárselo. Carlos peleó, pero se desvaneció y murió.
Al día siguiente fue encontrado muerto al pie de la cruz, babeando y con un trozo de tela de un traje azul. Horas más tarde se darían cuenta de que la tumba de Luis había sido profanada y una parte del traje no estaba: la tenía Carlos.
MUCHAS MÁS HISTORIAS
Así como esta, hay muchas historias más en torno a la cruz. La Cruz del Medio, a un costado de la Plaza de Armas, también tiene la suya, aquella que cuenta sobre el amigo al que se lo lleva el diablo. O la Cruz de Puma Moqo, ubicada al lado del Cristo Blanco en Sacsahuamán, que se colocó a pedido del cura Tadeo Gonzales, quien vio diablillos que bailaban en esta cima. O la de Tambo del Montero, perteneciente a una familia particular y que era la cruz donde descansaba la imagen de un Cristo negro, el cual era azotado, en señal de una extraña penitencia, todos los viernes, allá por 1700. O la Cruz de la Almudena, a la que dicen que se encomiendan los amigos de lo ajeno para que no sean atrapados por la fuerza de la ley. En torno a las cruces se han creado un sinfín de creencias y leyendas, las que en el Cusco tomaron mayor relevancia a raíz del terremoto devastador de 1950. La gente se volcó a la calle en oración y las cruces se convirtieron en un aliado de fe.
Por decirlo de alguna manera, cada uno le lleva a la cruz la ofrenda que desea. El sincretismo es tal que 'el pago' es para la imagen y para la Pachamama o el Apu.
Hasta San Francisco ha llegado el viernes 2 un grupo proveniente de San Blas con el único fin de que su cruz reciba la bendición. Han traído, además, una orquesta con la que bailarán por largas horas. A un costado, tres señores beben ron en bolsa. Unos turistas, más alejados, toman fotos de los danzantes y algunos comerciantes, en medio de todos, se pasean ofreciendo velas y detentes. Don Omar se calienta con ponche y al fondo, siempre en el mismo rincón, junto a sus hermanos, Rosa disfruta del show. Es la más alegre y su vela aún no se apaga.