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La herencia de los tejidos

TRADICIONES. La familia Maldonado Lazo ha hecho del tejido artesanal su mejor legado: hace 35 años la abuela empezó con el taller y ahora son los nietos quienes continúan el negocio. Ellos son el clan más representativo en la llamada capital ecoartesanal de Huancayo

Por Gonzalo Galarza Cerf

HUANCAYO. Faustino Maldonado acaba de bajar de la combi que lo ha traído de regreso al distrito de Hualhuas. Esta tarde, la lana de alpaca forma parte del decorado de la cuadra 11 de la avenida Alfonso Ugarte: hay nudos de fibra de color blanco humo secándose al sol sobre soportes de fierro y en el techo de la camioneta de su hijo Glider. Maldonado es un hombre que se ha esforzado durante toda su vida para formar lo que tiene ahora ante sus ojos: su tienda taller Tahuantinsuyo, un negocio que empezó con su madre y que continúa hoy junto con sus hijos.

Maldonado es un artesano que ha aprendido lo fundamental para sobrevivir por treinta y cinco años en el mercado textil. Su ideología parece la de un banquero: "Hay que saber cumplir con el cliente a tiempo". Su credo es sencillo, pero efectivo: "Nosotros le decimos la verdad al turista". Y su discurso es propio de un empresario: "Nosotros seguimos manteniendo la calidad y la innovación de los productos artesanales".

En la última década, el hombre de los tejidos ha pasado del hilado de mantas y bolsos a los temas administrativos. Hoy, por ejemplo, salió temprano y viajó 12 kilómetros para ir a la ciudad de Huancayo a realizar unos pagos al banco, ver algunos pedidos y comprar lana. La mayor paradoja de la llamada capital ecoartesanal es que en sus tierras no se crían alpacas y hay que ir a lugares más alejados en busca de materia prima.

La historia de cómo este pueblo se convirtió en la cuna de artesanos textiles está fundamentada en una versión que ha ido de boca en boca durante varias generaciones, hasta fijarse en la memoria de habitantes como Maldonado: "Esto empezó con el trueque, las personas que tenían sus chacras cambiaban sus alimentos por chompas y otros tejidos. Luego, aprendieron y comenzaron a hacerlos ellos mismos".

Cuenta Maldonado que Hualhuas, distrito, creado en 1941, fue siempre una fábrica de artesanos: "Antes, un 80% de la población se dedicaba a los tejidos, pero ahora solo hay un 10% que continúa. Depende de cada uno seguir". Seguir, en su caso, le ha costado sudor y dolor: hace tres meses fue operado debido a una hernia y ahora está prohibido de cargar bultos pesados como lo hacía antes, cuando viajaba a las ferias de Lima con sus mercaderías a buscar clientes. "La mayoría de acá no lo hacía y le vendía a un intermediario a mitad de precio. Entonces ellos solos se fueron excluyendo y dejaron de tejer y trabajar".

EL TELAR
El taller Tahuantinsuyo es una prueba de que la tradición no solo tiene que ser narrada, sino también apreciada: en la entrada hay una imagen donde aparece Maldonado junto a su madre, retratados en ese universo de telares e hilos teñidos de intensos colores. "Mi padre me negó, pero con el apoyo de mi madre, quien era sordomuda y analfabeta, y el de mi esposa y mis suegros, es que existe todo esto".

El maestro artesano cuenta su historia mientras muestra su tienda taller: es un espacio donde se exhiben mantas con diseños precolombinos y geométricos y paisajes naturales hechos en hilo que denotan el principio básico para sobrevivir en este trabajo: paciencia. En el medio del lugar hay un balde de agua hirviendo con lana de alpaca en su interior.

Maldonado no cuenta con mayores estudios, pero, sin saberlo, ha aprendido los conceptos del márketing moderno: no solo vende el producto, sino también la historia detrás de este, desde el proceso empleado con la materia prima hasta la elaboración de los tejidos. Esa es su mejor fórmula para tener clientes satisfechos. "Es para que el público vea y se conecte rápido con nosotros y lo que hacemos".

Unos metros más allá, junto al lavadero, está su esposa Agripina Lazo golpeando la lana con un mazo de madera. La fuerza descargada en cada golpe contrasta con la sonrisa con que explica su trabajo: "Es para terminar de sacar toda la grasa que puedan contener los hilos. Luego se secarán y los teñiremos con tintes naturales".

Maldonado dice que es un ser humanitario, que se preocupa porque sus clientes aprendan y conozcan su arte, que ellos se lo agradecen y le envían cartas desde Alemania, Francia y Estados Unidos contándole que sus tejidos han sido admirados por otras personas. Su explicación es breve y didáctica, contraria a la forma como aprendieron sus cuatro hijos: Graciela, Gabbler, Glider y Gabriela. "Mis hijos agarraban, rompían y malograban los hilos, pero nunca los castigábamos. Ellos solos se convirtieron en buenos artesanos", dice.

El taller para sus vástagos fue como un cuarto gigante de juegos, y las ferias artesanales, aventuras donde en más de una ocasión terminaban extraviados ante la desesperación de sus padres. Hay un tema que aparece impreso en una gigantografía y que a Maldonado le gusta predicar: "No me desprendo de la mano de mi abuelo, ni suelto la de mi nieto, porque de aquel lo que aprendí a este le enseñaré". Estas palabras resumen la filosofía familiar.

Dos de sus hijos han formado sus propios talleres y ahora exportan de manera indirecta. Otros, como Glider, son contratados por las ONG para ir a distintas provincias a enseñar a tejer. "Les digo que vayan y viajen, porque afuera se aprende y se captan muchas cosas". Cuenta Maldonado que sus experiencias en Cusco, Ayacucho y Puno le han permitido ampliar los diseños y crecer como persona. En Taquile vio lo que anhela para su familia: "Allá trabajan todos, abuelos, padres, hijos".

Un día como hoy en su taller, uno encuentra a su hijo Glider, su cuñado Manuel y su sobrino Ricardo sentados sobre esos inmensos telares similares a una antigua máquina para hacer remo. Su nieto Gilber, de 6 años, viene en las tardes cuando sale del colegio. Para él hay un telar a su medida. Los demás, están rotulados de acuerdo con el tamaño de los productos: desde una plaza hasta dos y media. Maldonado revela que han recibido capacitaciones de algunas instituciones y que cuentan con certificados que aseguran la calidad de sus productos.

Orgulloso, el patriarca revela que su hija Graciela tiene en su taller un telar de cinco metros, y que su especialidad son las alfombras. En cambio Gabbler, su otro hijo, ha decidido diversificar los productos: en su tienda no solo hay tejidos, sino también cerámica. La idea es hacer que el cliente no necesite buscar en otro lado. Gabbler, al igual que otros dos parientes más, fue contratado por ÁDEX diez años atrás para diseñar modelos de exportación. La experiencia le ha permitido ampliar la visión del mercado y ya apunta a vender sus productos al exterior de manera directa. Por ahora lo hace mediante una empresa de la capital.

El maestro artesano dice que su madre llegó a ver el crecimiento del taller, que está contento de cómo con el préstamo de vecinos, en un inicio, y con una pequeña producción, han podido salir adelante y trabajar junto a su familia. Dice también que las disputas familiares, en su caso, no existen. Y que el nombre de su taller, Tahuantinsuyo, se debe a su creencia en lo que asegura es la base de los incas y de su negocio: "El ayllu, la familia, y la minka, el trabajo. Porque el trabajo dignifica y con la familia se hacen las labores con armonía".

El único día que los Maldonado Lazo no trabajan es cuando se celebra un cumpleaños. En esas fechas, los miembros del Tahuantinsuyo dejan los telares, las lanas, los hilos y salen a comer y se ríen y se olvidan por un momento del negocio y de los clientes. "Me siento muy contento porque mis hijos se sienten alegres. Cuando hay un cumpleaños nos vamos de paseo hijos, nietos, todos. El cumpleañero elige el lugar al que quiere ir y nosotros ponemos el dinero. Luego, seguimos trabajando, todos los días, sábado y domingo", dice. La tradición está asegurada.

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