Por: Juan Paredes Castro |
El tema personal y farandulero de Tula Rodríguez no viene a ocupar esta columna, sino a llamar la atención sobre la ausencia de una agenda nacional.
De pronto uno se pregunta: si los fermentos y humores del espectáculo pretenden, por unas 24 horas, llevárselo todo, ¿dónde está el país y sus preocupaciones centrales?
¿Dónde, por ejemplo, los partidos políticos democráticos (a los que el antisistema busca devorar con zapatos y todo)? ¿Dónde el gobierno con su dificultad de aprobación y confianza de una opinión pública vastamente heterogénea y profundamente escéptica? ¿Dónde el Congreso que se ahoga en un vaso de agua con cuatro reformas constitucionales? ¿Y dónde la justicia, sumida en las horcas caudinas de un Consejo Nacional de la Magistratura que ahora apaña la impunidad?
Cuando el espacio que debía ocupar el quehacer fundamental del país, sabiendo todos de dónde venimos y a dónde vamos, aparece todo el tiempo perforado o vacío, no nos quejemos de que se meta en él cualquier cosa y que cualquier cosa puede ser, digamos, el referéndum que piensa convocar el cacique regional Hernán Fuentes para atentar, otra vez, contra la condición de país indivisible que distingue al Perú y contra la naturaleza de su gobierno unitario.
Lamentablemente nuestro Estado indivisible y nuestro Gobierno unitario parecen carecer de una respuesta rápida y eficaz para que a Fuentes no se le vuelva a ocurrir jugar jamás a la guerrita secesionista provinciana.
Hace tiempo que el país reclama articulaciones idóneas que hagan posible la construcción de una agenda nacional de puntos mínimos. Se trata de la agenda que tendría que funcionar con mayores soportes de consenso, direccionalidad y eficiencia.
Ocurre, por el contrario, que las reformas constitucionales que el 60% y 80% del país exige viven el encarpetamiento permanente del Congreso. Ocurre que el burocratismo y el tecnicismo siguen obstruyendo las mejores iniciativas para emprender un cambio radical en la gestión del Estado. Ocurre sencillamente que la agenda acaba por quedarse en discursos, proyectos y diagnósticos.
El paso de Tula Rodríguez por escenarios de atención pública que en verdad tendrían que estar ocupados por temas y protagonistas superiormente distintos revela que en nuestra sociedad prevalece una fuerte tendencia al escape del tedio y del vacío que provoca nuestra vida política, que hace poco o nada por cambiar y mejorar.