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ESPECIAL. FELIZ DÍA DE LA MADRE

Un abrazo a la distancia

Cada hijo tiene una historia con su madre. Ojalá que la licencia de escribirle a la mía cumpla su objetivo: rendirles homenaje a todas las mamás que suelen amar de manera incondicional

Por Milagros Leiva Gálvez

Es la primera vez en mis 38 años que no programaré el despertador para levantarme temprano y hacerte el desayuno sonámbula. Y claro que tengo pena porque cada segundo domingo de mayo le ordeno a mi cerebro no renegar cuando el reloj retumbe antes de las ocho de la madrugada, pero no importa, estoy feliz porque sé que estás con la segunda de tus cinco hijas y tu nieto Francesco que tanto extrañas. Sí, ya sé que te fuiste apenada porque no me subí al avión contigo, porque soy la única de tus hijas que no tiene hijos y porque nadie me abrazará este día, pero recuerda que tú misma me enseñaste una cosa para toda la vida: que la felicidad del ser querido es la propia felicidad y saberte contenta me basta, me sobra. Como no madrugaré para hacerte mixtos calientes ni soportaré por única vez el olor de tu café; como tampoco correré a comprarte una torta de chirimoya y menos podré almorzar como lo hacemos todos los domingos desde que tengo uso de razón; déjame al menos abrazarte a la distancia con escenas que guardo en mi memoria.

Mi primer recuerdo, quizá el más lejano, está en tu cama. Estamos en Huancayo, hace frío y yo quiero dormir contigo porque tengo miedo, porque esas odiosas pesadillas no me dejan. ¿Tengo 2, 3, 4 años? No me gusta que me apaguen la luz y mojo la cama. Pobre de ti. ¿Cuánta paciencia se necesita para entender los miedos de la infancia? ¿Cuántas noches tuviste que consolarme? ¿Cómo hacen las madres para pasar los primeros años en vela sin quedar destruidas en el intento? ¿Es verdad que una mujer nunca más vuelve a dormir tranquila cuando tiene hijos? ¿Y si yo me quedo dormida y mi bebito se muere por mi sueño pesado? ¿Nunca te dio ganas de mandarme por un tubo cuando te quitaba el descanso? ¿No tuviste ganas de jubilarte? ¿Y te has dado cuenta de que cuando uno se asusta o impresiona suele mencionar siempre a la madre? Yo todavía lo hago. A veces llegan esos malos sueños y me despierto temblando, pero me hago la macha y no te llamo. Uno se desteta toda la vida, ¿no? Igual sé que estás allí, en tu casa, dispuesta a dormir conmigo. Incondicional. Así dices que uno ama cuando es madre, ¿no?

El año pasado, después de cubrir el terremoto del sur y cuando mi alma ya no podía más con tanto dolor te busqué, estaba sucia, sin bañarme cuatro días, recordando a los muertos y a la gente que no dejaba de llorar; recuerdo que al llegar a Lima lo primero que le pedí al taxista fue que me llevara a tu casa y solo te bastó mirarme para abrazarme y consolarme como cuando era niña. Eso siempre me asombra, la capacidad que tienen las madres para adivinar lo que está sucediendo con sus hijos. Por eso agradezco tus silencios cuando te pido que me peines, porque sabes que en verdad te estoy rogando que me ayudes a estar bien. Por eso sonrío cuando dices que te duele el seno izquierdo y que una de tus hijas debe andar en aprietos. Una madre presiente, eso dices.

El otro segundo recuerdo lejano y que me ha marcado para siempre tiene que ver con el amor. Hoy se ríen acusándome de chica cursi, pero no me importa, creo en el amor y en los hijos del amor y en todas esas cosas que me enseñaste aunque no te fuera bien con mi padre. ¿Cuántos años tenía? ¿Tres? Estoy parada en tu cama, recitando "Nocturno a Rosario", del poeta mexicano Manuel Acuña. En verdad te estoy recitando a ti que me has hecho aprender de memoria ese poema y no entiendo bien por qué. "Pues bien, yo necesito decirte que te adoro, decirte que te quiero con todo el corazón; que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro, que ya no puedo tanto, y al grito que te imploro te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión". ¿Te acuerdas? Todavía puedo recitarlo de corrido y también "Volverán las oscuras golondrinas" de ese señor Bécquer que me enseñaste a querer cuando no sabía ni leer. Cuando tengo mal de amores, los poetas me consuelan.

¿Cómo hiciste para criar cinco mujeres sin enloquecer y encima trabajar como si nada pasara? ¿Cómo no perdiste los estribos frente a tanta pataleta? Yo renunciaba o mandaba todo al diablo, que es lo mismo. Te recuerdo vistiéndonos igualitas, con unos vestidos a cuadritos y zapatos de charol; contando cuando salíamos de paseo: uno, dos, tres, cuatro, cinco. Completas. Te escucho una y otra vez narrando cómo fueron tus embarazos, cómo nacieron cada una de tus cinco crías. Te veo correr a las cinco actuaciones por el Día de la Madre, recoger las cinco libretas de notas y asistir siempre a misa para rezar por tus cinco amores. Te veo azorada, cuando regresas del trabajo y ves como tus 'lindas hijitas' han sacado tus trajes largos y tus zapatos de tacón para jugar al desfile de modas y tú vas rescatando tus pertenencias. Te veo maquillándote y yo entrando despacio a tu cuarto a decirte que quemé tu bikini rojo porque andaba jugando a que sabía planchar. ¿De dónde rayos sacan tanta paciencia?

Y por supuesto que te veo siempre dispuesta a todo por tus hijas: aguantando cada uno de los cortes, caídas, contusiones y magullones (los de amores son los peores), es decir soportando el dolor de tus hijas e incluso comiéndotelo para menguarlo. Y claro que te veo haciéndote a la moderna aunque tu procesión fuera por dentro. Yo no olvido las caras de mis tías cuando preferiste invitarme un cigarrillo porque no querías que fumara a escondidas. Y mato por ver tu rostro aquella noche en que te llamé a eso de las tres de la mañana para decirte que me quedaba a dormir con ese chico loco que tanto te hacía reír. Ni siquiera escuché tu respuesta y colgué. Te juro que no dormí del susto mientras el susodicho solo me decía: ay Mili, ya no eres una niña y tu mamá solo quiere verte feliz, ¿no? Por supuesto que recuerdo mi taquicardia al día siguiente, cuando subía las escaleras con pan y jamón, por si acaso anduvieras enojada; pero nada, abriste la puerta como si nada hubiera pasado y mi amado de entonces preparó el desayuno a tu costado. Y luego yo, con cara de Condorito, hice plop cuando escuché a mis amigas contar que cada vez que llamaban a mi casa y no me encontraban les decías: Ay hijita, Milita está en su nidito de amor. Qué moderna tu mami, me decían, pero yo les replicaba, en realidad eres una mujer muy conservadora, es más, no creo que te hiciera feliz que me mudara sola y que no saliera de tu casa casta y pura, pero como siempre repetiste que mi felicidad es tu felicidad, aguantaste. ¿Cuántas cosas aprenden a tolerar las madres por sus hijos? ¿Alguna vez me darás la lista?

Cuando tenía 15 años, mi lorito murió. ¿Recuerdas que mi tío Pepe me lo regaló cuando tenía 6 años? Bueno, el bendito se fue de una pulmonía cuando yo andaba de retiro con las monjas y al regresar no tuve mejor idea que meterlo en la congeladora mientras esperaba estudiar el proceso de taxidermia para tenerlo forever and ever en mi habitación. Imagino tu cara cada vez que abrías el congelador y mirabas el cadáver. Al tercer día te cansaste de mi locura y mandaste desaparecer al muerto. Tardé años en perdonarte que no me dejaras enterrarlo, pero entiendo que estabas harta de verme sufrir. También tardé en perdonarte que no me dejaras ir jamás de campamento porque uno nunca sabe, pues, Mili lo que puede pasar; y que me obligaras siempre a llamarte cuando iba a la casa de mis amigas porque los atentados terroristas, pues, Mili; hasta que un día te dije mira, mamá, cuando pasen 48 horas y no dé señales de vida recién te preocupas, ¿ya? Pobre, Normita, tu cara se puso tan triste que prometí seguir reportándome. Y lo seguiré haciendo porque sé lo difícil que sería perder a tus hijas. Lo sabré yo.

Hace cinco años sentí el dolor más intenso en el estómago que hasta hoy recuerde y después de ese mes en la clínica entiendo tu melancolía cuando recuerdas a tu madre que ya no está. Fue muy duro verte agonizar, sentir que te ibas, que no eras inmortal. Recuerdo que el doctor me preguntó sobre tus creencias. ¿A qué le tiene fe?, interrogó. Y yo le conté que eras devota de la Virgen, pero también amante de la medicina natural; que cuando tenía migrañas me perseguías con claras de huevo batidas y rodajas de papa, que siempre me pasabas el huevo para sacarme los malos aires y que eras defensora del llantén. Bueno, pues haga lo que quiera con tal de reanimarla, me dijo. Todavía me veo ingresando a cuidados intensivos con mis huevos para curarte como hiciste tantas veces con nosotras. Todavía me veo abrazada a mis hermanas rezando para que regreses y volvamos a reír fuerte y hasta más no poder. Y ya ves, regresaste. Según tú, fueron Dios, la Virgen y los médicos milagrosos, pero también, cómo no, los huevos poderosos. Yo te creo.

Este año, cuando estuve programando mis vacaciones, pensé en darte una sorpresa. Como sé que adoras el mar, decidí que conocieras El Caribe y me endeudé. Ocho días para las dos, tiradas panza arriba, tomando y comiendo (bueno, yo tomando, tú comiendo) todo lo que nos apeteciera, loreando y loreando. Pensé: ¿Si las mamás nos sacan siempre a pasear cuando somos niños, por qué no hacemos lo mismo cuando crecemos y ustedes envejecen? Imaginé que sería lindo viajar contigo en lugar de tener una luna de miel con ese chico que siempre andas preguntando si es o no es (la verdad, Normita, yo tampoco lo sé). No me equivoqué. Tú pensaste que fue tu mejor regalo del año, yo te aseguro que fue el mío. ¡Gracias! Por toda tu paciencia, por dormir a mi lado en la arena cuando tú querías caminar, nadar, caminar, nadar; por ir al bar a pedir más piñas coladas porque tú eres la mamá, pues. Me hubiera encantado ir a bailar contigo a la discoteca y chapar dos tíos para nosotras (solo para bailar, ojo, no te escandalices), pero sé que te duermes a las diez.

Pronto cumplirás 67 años y sigues tan guapa y sin arrugas como siempre. Voy a seguir tus consejos y me echaré paltas, huevos, tomates, pepinos y todo el mercado para no arrugarme. Y por si acaso no pienso enumerar todos los errores que, según yo, tú cometiste porque hace lunas entendí que eres un ser humano y que no puedo tirar piedra alguna porque yo también he querido ser omnipresente, he perdido la paciencia y renegado y me he angustiado por las puras; pero sí te pido unos cuantos favores para los próximos años. No te olvides de las cosas, ¿estamos claras?, concéntrateeeeeee, lee siempre, sigue escribiendo y haz ejercicios mentales. No olvides tus llaves, tus pastillas, tus citas. No te pases. Y por favor sigue estudiando inglés así te jalen diez mil veces y tres veces más, por favor sigue confiando en la tecnología. Si ya aprendiste a chatear con tus cuatro hijas que viven lejos, estoy segura de que puedes aprender a bajar fotos en la computadora. Es fácil, te lo juro. Por lo demás te prometo otra vez que en tu día jamás te regalaré una licuadora o batidora como si tu lugar fuera la cocina, ni hablar, y también te prometo que intentaré dejar de decir lisuras y que no me acordaré de las madres de los choferes de las combis. Intentaré ser una lady como tú.

Una última cosa. Yo sé que sueles decir que las 'mujeres modernas' nos hacemos bolas con la maternidad, que en tu época ni siquiera existían terapias de respiración y que a todas nos trajiste sin anestesia. También aseguras que obviamente es difícil criar hijos, pero tampoco es un drama. Hoy te creo. Lo único que pido a Dios es que cuando suceda, mi hija llegue sana y que mi relación con ella sea como la nuestra: intensa, repleta de alegrías y penas, lúdica. Lo único que pido a mis hadas es que vivas mil años, para que la engrías. Ojalá y herede tu risa.

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