Por Luis Jaime Cisneros Hamann. Periodista
Bolivia debería ser la principal noticia de la semana en América Latina. En términos prácticos la decisión del presidente Evo Morales de convocar a un referéndum revocatorio tiene un impacto sociopolítico y económico mayor a las repercusiones que pueda alcanzar, en lo inmediato, la V Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de América Latina, el Caribe y la Unión Europea en Lima.
Morales ha dado un paso arriesgado y ha enviado una poderosa señal de reafirmación democrática en un contexto político interno desfavorable, donde se juega el todo o nada, simbolizado en su continuidad en el poder y en el porvenir de su proyecto reformista.
Una derrota tendría además un cierto sabor a humillación. Humillación de tinte racista porque una de las lecturas entrelíneas que sugiere el plebiscito es que un pedido de esa naturaleza no se hubiera aprobado en el Senado si no fuera un indígena con ideas socialistas e incómodas quien ocupara el Palacio Quemado de La Paz.
Una derrota suya equivaldría a un auténtico golpe de Estado constitucional, pues le impediría acabar formalmente su mandato en el 2011. En caso de fracaso, Morales está obligado a convocar, sin pestañear, a elecciones generales por un nuevo período de cinco años en un plazo de 90 a 180 días desde la emisión del cómputo oficial de la Corte Nacional Electoral.
La próxima semana Morales buscará apagar las fogatas del incendio que amenaza con erosionar su poder, cuando proponga en La Paz un diálogo que contempla "la unidad nacional y el reconocimiento de autonomías departamentales". Para desembarcar al presidente y a su vicepresidente Álvaro García Linera, la oposición necesita que la opción por el No obtenga un porcentaje superior a 53,74% y una votación superior a 1'544.374 votos, que fue la que llevó a la presidencia a Morales. Una valla ligeramente alta tomando en cuenta que la popularidad del mandatario bordeaba el 50% según sondeos recientes.
La oposición conservadora no oculta su deseo de celebrar elecciones presidenciales y legislativas anticipadas en lugar del referéndum. Ciertamente, el estilo de gobierno y las políticas estatistas que promueve no es bien apreciada por todos, y sus arrebatos autoritarios son una piedra en el zapato.
Lo cierto es que Morales debe hacer frente a una nueva realidad de facto creada por el resultado del referéndum autonómico de Santa Cruz, que surge como una respuesta a la nueva Constitución percibida como indígena y antiliberal, en respuesta al modelo económico vigente en Bolivia desde hace más de dos décadas. Es un escenario de crisis política en el cual la gobernabilidad está en juego en uno de los países más pobres y desiguales de la región.
Las próximas semanas perfilan un clima de mayor polarización si no prima el diálogo y la búsqueda de un acuerdo consensuado. La Iglesia Católica, mayoritaria en Bolivia, también marcó cierta distancia del mandatario.
Pero ha sido el propio Morales quien se disparó al pie cuando propuso, a fines del 2007, el referéndum en plena batalla por sacar adelante su controvertida Constitución. La oposición nucleada en el Senado aguantó meses el proyecto aprobado al galope en la Cámara de Diputados hasta que la semana pasada lo desempolvó, revitalizada por el resultado desfavorable para Morales del referéndum en Santa Cruz.
El fantasma de una secesión real, así como la de un potencial conflicto armado interno, siguen sobrevolando a Bolivia como amenaza a la propia permanencia en el poder de Morales, el primer dirigente de origen indígena que accede al poder en el país que Bolívar creó en 1825 tras operar sin anestesia al Perú.
Morales fue elegido en el 2005 en sufragio universal por el voto popular, siendo el primer presidente en décadas que no se ve forzado a negociar con otras fuerzas políticas en el Congreso su elección por votación indirecta.
La crisis boliviana no se reduce a la notable presencia e influencia del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, en el gobierno de Morales. La mano y los petrodólares de Chávez son notorios y el propio gobernante venezolano ha contribuido a atizarla apelando a una oratoria proclive a los fuegos artificiales, con un discurso que parece extraído de la guerra fría que hace las delicias de la prensa.
El problema para Chávez es que su modelo de exportar "revoluciones bolivarianas" está en juego en Bolivia. Un fracaso de Morales será automáticamente percibido como una derrota del locuaz presidente e interpretada, además, en el contexto de un enfrentamiento ideológico entre Washington y Caracas.
La supervivencia de Morales en el poder y del régimen democrático que encarna no debería ser, sin embargo, una tarea solo de los bolivianos sino interés de la región. La OEA sigue con ojos bien abiertos la fiebre de autonomías que enfrentará en las semanas siguientes cuando se realicen comicios en Tarija, Beni y Pando que promueven gobiernos autónomos y que ya han sido declarados fuera de la ley por el Gobierno.
El francés Alain Touraine, uno de los sociólogos contemporáneos más importantes, ha puesto el dedo en la llaga al resumir la encrucijada con estas palabras: "El problema central de América Latina hoy es Bolivia, y esta depende mucho de Hugo Chávez, pero el futuro de Bolivia es el gas y eso supone la ayuda de Brasil. No hay otra solución para Bolivia".