Por Jaime de Althaus Guarderas
Darles a las comunidades campesinas de la sierra las mismas facilidades que a las de la costa para la venta, el arrendamiento y otras formas de asociación de sus tierras puede ser un instrumento poderoso para el desarrollo de esas comunidades, en la medida en que les permite atraer capital para desarrollar plantaciones forestales productoras de madera y muebles o desarrollar una ganadería moderna, por ejemplo, algo indispensable, por otro lado, si queremos combatir los efectos del cambio climático en la escasez de agua. Pero el modelo de transformación de la comunidad implícito en el decreto legislativo tiene que ser mucho más completo y explícito, y mejor expuesto, si es que no se quiere despertar los fantasmas del indigenismo y provocar una reacción adversa que resultará esterilizante y empobrecedora. Pues la propuesta, tal como ha sido explicada --o no explicada-- hasta ahora, es el pretexto perfecto para la movilización anticapitalista.
Inútil, por lo demás, porque por lo general en la sierra no hay tierras comunales propiamente dichas que vender o alquilar a nadie --salvo, en algunos casos, ciertas tierras de pastos y laderas pronunciadas poco productivas. Pues lo que hay que saber es que las comunidades no son --ni fueron nunca-- el mítico recinto de un comunismo originario, sino un conjunto de pequeños propietarios --sin títulos-- relacionados por vínculos de parentesco y asociados en comunidad para administrar los bienes comunes y ciertas decisiones colectivas. Ni la agricultura ni la ganadería son comunales sino familiares y los hijos heredan las tierras de los padres. De lo que se desprende que lo primero, entonces, es ofrecerles la posibilidad de formalizar esa situación titulándoles individualmente a cada familia. Previa aceptación de la comunidad, por cierto. Esa debería ser la primera palanca para atraer capital, tecnología y crédito.
Lo segundo es convocar a las comunidades a una gran cruzada contra el cambio climático y por una revolución de la productividad de sus tierras. El paquete tecnológico que mata esos dos pájaros de un solo tiro, ya está probado, y saca a los más pobres de la pobreza al mismo tiempo que ayuda a retener el agua que los glaciares pierden. Es la revolución del riego por aspersión que da agua todo el año y multiplica la producción, generando ingresos de hasta 2 mil soles por mes en parcelitas de un décimo de hectárea. Y en la medida en que requiere de la construcción de pequeños reservorios familiares o multifamiliares a partir de puquios o canales, pues ayuda a almacenar y retener el agua. Si esto se complementa con la siembra de bosques comerciales, las comunidades tendrían más ingresos, se retendría aun más el agua y se capturaría dióxido de carbono, para lo que sí sería necesaria la asociación con empresas forestales en proyectos que podrían financiarse incluso con bonos de carbono.
Esto es, además, la oportunidad para un encuentro histórico entre nuestros dos países nunca bien avenidos, entre nuestras clases sociales, para una alianza estratégica entre las comunidades y la empresa moderna, cerrando de paso la brecha colonial y fundando, por fin, una nación. Todo lo contrario de un supuesto despojo que los enemigos del mercado agitarán si se les regala medidas incompletas y mal planteadas.