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EN LA VIÑA DEL SEÑOR

Contra los agitadores

Por Lorenzo Osores

Nunca está demás estigmatizar a los agitadores y escarnecerlos. No hay que tener contemplaciones con ellos, basta la más simple sospecha para denunciarlos, perseguirlos y encarcelarlos. Los agitadores son expertos en sembrar la inconformidad en la mente febril de los desposeídos, en perturbar el dulce sueño de los ahítos. Su objetivo es destruir la armonía entre las clases, crear el caos y abrirle espacios a la sedición.

Aparte de los agitadores previsibles: el vociferante y desgreñado dirigente sindical o el barbado intelectual que alienta la violencia callejera, existe otro tipo de agitador aún más peligroso, ese que sabe guarecerse en los apacibles predios del arte y la literatura, difícil de reconocer porque la obviedad no está en sus subversivos códigos. Puede aparecer como un profesor universitario de simpática bonhomía o como un reputado poeta capaz de escribir humoradas de corte materialista: "Cuando te hablen del espíritu, cuida bien tus bolsillos". O aparentar preocupación por la educación artística del pueblo para lanzar frases insidiosas: " Los museos cierran a la misma hora que los obreros salen de las fábricas".

Son los propios artistas y escritores los llamados a desenmascararlos. Sin embargo, no es suficiente encomiar el abnegado papel que cumple la policía en la lucha contra esta plaga social. Es necesaria una participación más decisiva de los artistas y escritores, una colaboración más eficaz con las fuerzas del orden. Recordemos con admiración a Baudelaire que despreciaba a las naturalezas puramente contemplativas y absolutamente ineptas para la acción. Recordémoslo denunciando a la policía francesa la presencia de un agitador anarquista y exigiendo que lo golpeen y que lo arresten. Qué diferencia con la postura de aquel poeta irresponsable y malagradecido que exclama como una colegiala: "No quiero ser feliz con permiso de la policía".

Incluso habría que ser más radical que Baudelaire y seguir el valeroso ejemplo de George Orwell. No contento con escribir obras anticomunistas de incuestionable utilidad, Orwell se hizo agente de los servicios secretos ingleses. Gracias a su constante y prolija labor se obtuvo valiosa información sobre las actividades de agitación y propaganda de centenares de escritores y artistas que militaban o simpatizaban con la internacional roja. Algunos de los denunciados, es necesario anotar, eran liberales blandengues, tontos útiles o simples compañeros de viaje pero igualmente perniciosos para la estabilidad social.

En las antípodas de Orwell y para desconcierto de no pocos ingenuos, un escritor afamado que puso más talento en la vida que en la obra, "un caballero dedicado al pobre propósito de asombrar con corbatas y con metáforas", también quiso asombrar con una abierta y perversa justificación de los agitadores. Leamos sus provocadoras palabras: ".la miseria y la pobreza son tan absolutamente degradantes, y ejercen un efecto tan paralizante sobre la naturaleza humana, que ninguna clase tiene realmente conciencia de su propio sufrimiento. Debe decírselo otra gente, y con frecuencia son absolutamente incrédulos. Lo que dicen los patrones acerca de los agitadores es incuestionablemente cierto. Los agitadores son un conjunto de personas que interfiere, que perturba, que llega a una clase perfectamente contenta de la comunidad y siembra en ella la semilla del descontento. Es por esta razón que los agitadores son tan absolutamente necesarios. Sin ellos, en el estado incompleto en que nos hallamos, no se produciría adelanto alguno hacia la civilización".

Después de leer semejante digresión, solo queda lamentar la cruel ironía: el escritor más mimado por la sociedad de su tiempo, él que más se divirtió en los salones de gala, cumpliendo el ingrato papel de aguafiestas, parodiando satánicamente a San Juan de la Cruz, diciendo entre líneas: "Donde haya amor, siembre yo odio, donde haya paz social, conflicto"

Felizmente, también hay iluminados por la sabiduría de una antiquísima cultura, poetas dotados de exquisita sensibilidad artística y que han arribado a conclusiones totalmente opuestas. Un claro ejemplo es el emperador chino y poeta Wen, de la dinastía Wei, que escribió este sensato poema no exento de emoción social:

"¿Por qué sí el mundo es uno / todo es tan desigual? / Shan liu -tien / Los ricos bien que comen / buen arroz, buena carne / Shan liu tien / Pero los pobres comen / desperdicios y yerbas / Shan liu -tien /¡Qué dura es la pobreza! / Shan liu -tien / Nuestra suerte, inmutable, el cielo la dispone. / Shan liu -tien / Y es inútil quejarse, y es inútil gemir, porque a nadie podemos reclamar / Shan liu -tien".

La propuesta de tan conmovedor poema no puede ser más obvia, la inutilidad del reclamo social y la opción por una vida resignada, virtud que el Cielo sabrá aquilatar a su debido tiempo. Y si alguna duda cercana a la complacencia quisiera asaltarlo, estimado lector, piense en este contundente raciocinio atribuido a Goethe: "Prefiero la injusticia al desorden".

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