Por Santiago Soberón
El reciente estreno del Centro Cultural de la PUCP trae a nuestra escena La prueba, del estadounidense David Auburn (Chicago, 1969), considerada una de las piezas más premiadas en los últimos 20 años en Estados Unidos: premio Pulitzer de drama, ganadora de tres estatuillas del Tony y del premio de la crítica en el 2001; laureles suficientes para que este montaje, dirigido por Francisco Lombardi, genere grandes expectativas en la presente temporada.
La prueba se presenta como un drama psicológico cuyo eje es la serie de conflictos internos de su personaje protagónico, Catherine (Wendy Vásquez), una joven de 25 años que deja sus estudios de matemáticas para atender a Robert (Carlos Gassols), su padre, un reconocido matemático que desde los 25 años sufre serias alteraciones mentales. La genialidad y la locura del padre se convierten en la sombra que opaca la vida personal y profesional de Catherine. Por un lado, la frustración por las expectativas truncadas y el temor de heredar el mal paterno, posibilidad que predispone a que su hermana Claire (Vanessa Saba) pretenda internarla en un sanatorio; por otro lado, el prestigio académico de su padre que no le permite generar su propio espacio, en uno de los puntos climáticos de la obra, Hall (Diego Lombardi), un discípulo de Robert, no cree que ella pueda realizar un estudio matemático en la misma magnitud que lo hacía su padre.
LA MUERTE DEL PADRE
La obra se inicia con la muerte de Robert, hecho que desencadena situaciones dramáticas intensas en el mundo interno del personaje protagónico, expresadas en racontos, situaciones imaginarias -como la escena inicial- que Wendy Vásquez resuelve con versatilidad y dominio de su expresividad. La actriz tiene a su lado a un actor secundario de lujo como Carlos Gassols, en cuya interpretación el texto de Auburn adquiere más brillo y se hace más apreciable. Ambos permiten acercarnos a la compleja relación filial, sobre todo a los conflictos internos de Catherine, y contribuyen a que la puesta adquiera algo de dinamismo y ritmo frente a una monotonía predominante, sobre todo en la primera parte.
El texto ofrece complejas situaciones dramáticas y conflictos externos e internos que en la puesta de Lombardi se hunden en medio de esa monotonía. Salvo el uso de la iluminación y de algunas acciones físicas lógicas y previsibles, el director no tiene mayor intención de utilizar de manera significativa los diversos recursos que ofrece el hecho teatral. Las caracterizaciones de los personajes en sus aspectos más externos permiten presumir su función dramática pero, aparte de ello, ni el uso del espacio escénico, de los objetos, el desplazamiento de los actores, etc., sugieren que en la vivienda de Robert, en lo que parece ser su patio posterior, tuvo o tiene lugar un hecho humano significativo. La inercia del columpio en el que tímidamente Vanesa Saba se mece por unos segundos sintetiza la inexpresividad de los elementos escénicos que Lombardi pone en juego, inexpresividad generada porque el propio director no los ha explorado dentro del escenario. El texto de Auburn reclama no una transposición fidedigna sobre el escenario, pero sí una interpretación por parte del director que ponga en valor su estructura de sentido, sus valores dramáticos y literarios, y que desarrolle una perspectiva propia, pero en este caso solo ha encontrado una pequeña posibilidad de expresión en las actuaciones de Vásquez y Gassols. La dirección de esta puesta de La prueba parece haberse limitado a esa transposición escénica sin haber partido de un punto de vista que enriquezca en la escena el texto de Auburn. Lombardi nos ha dejado ante una cámara fija en cuya única toma pretende expresarnos una riqueza de imágenes imperceptibles de este modo.