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INDIANA JONES EN EL REINO DE LA CALAVERA DE CRISTAL

Salpicón de aventuras

Por Ricardo Bedoya

En 1951, un equipo de cineastas norteamericanos encabezados por George Stone filmó en el Perú la película Sabotaje en la selva (estrenada en octubre de 1953 en las salas República y El Porvenir), producida por Edward Movius, con fondos musicales de Isabel "Chabuca" Granda. Pilar Pallete, Santiago Flynn, Jorge Montoro, entre otros, emprendían una correría amazónica en pos de documentos importantes para la seguridad del mundo occidental, yacentes entre los restos de un avión caído. Los antagonistas eran peligrosos agentes y bandoleros soviéticos, ávidos por apoderarse de los secretos allí contenidos y, por añadidura, de algunas barras de oro. No es probable que Steven Spielberg haya visto esa cinta precursora (que habría que buscar con insistencia digna de malvados soviéticos porque no se conocen ni huellas de su paradero actual); en todo caso, Sabotaje en la selva es prueba de que la guerra fría se libró en nuestras tierras en vivo, en directo y en el momento oportuno, y no con el retraso con que Indiana Jones nos la trae por estos días.

NAZCA Y LA GUERRA TIBIA
Indiana Jones en el reino de la Calavera de Cristal no sólo recicla varias de las películas más queridas del imaginario fílmico aventurero del cine norteamericano de los cincuenta, sino que pone a Nazca en el centro de la acción y la distorsión.

Una Nazca que luce como inmenso mercado andino en hora punta, con un aeropuerto de gallinero, y parajes recónditos donde se esconde el secreto de la tumba de Orellana. Cartón piedra y truculenta imaginación exótica que, entre todas las improbabilidades de la acción, resulta tan cómica e irresistible como la que representó al puerto de Paita, en La senda tenebrosa (Dark Passage, de Delmer Daves, 1947), escenario del reencuentro final en libertad de los amantes Laureen Bacall y Humphrey Bogart, como una prolongación de aire sudamericano del Rick's Café de Casablanca, animado por músicos con maracas y bailarinas tuttifrutti a la manera de Carmen Miranda.

Pero no sólo Hollywood exportó semejantes cortocircuitos histórico-geográficos: también se cocinaron en Cinecittá. Así, a Tiahuanaco, el reino de los Incas (sic), llega Hércules (el invencible Mark Forest) para ayudar a Mita (Giuliano Gemma, el actor de El dólar agujereado) en su lucha contra el tío traidor, Atahualpa, usurpador del trono de los hijos del sol. Esforzada aventura del héroe mitológico en nuestro país que se convirtió en la trama de la película italiana Hércules contra los hijos del sol (de Osvaldo Civirani, 1964). La cinta fue prohibida por la Junta de Supervigilancia de Películas de la época, que la consideró un grave atentado "contra la verdad histórica". El ridículo, claro, lo hizo la censura peruana y no Hércules en su combate contra Atahualpa.

No hay que alborotarse entonces con la formidable revelación de Indiana Jones: de joven aprendió y practicó quechua conversando con las huestes de Pancho Villa. Tal vez hubiese resultado más interesante y divertido ubicar la acción de este cuarto episodio de Indiana Jones en el México revolucionario antes que en el Perú y Brasil de la guerra fría. Imaginamos las secuencias antológicas de Harrison Ford hablando en fluido quechua, aunque nos hubiésemos perdido la oportunidad de ver a Cate Blanchett convertida en una perversa Ninotchka, de pésimos modales, copiados de los de Lotte Lenya complotando al alimón con Robert Shaw, tal como aparecían en El regreso del agente 007 (From Russia With Love).

ARQUEOLOGÍA DE CITAS
Por lo demás, este Indiana Jones es un picoteo de los anteriores, pero sobre todo es un acertijo destinado a ver quién reconoce más películas citadas. La cosecha es, en este caso, de cintas de los años cincuenta y van desde Las minas del Rey Salomón (1950), en la versión de la Metro Goldwyn Mayer, con Stewart Granger y Deborah Kerr, hasta la sublime Scaramouche (de George Sidney, 1952), también de la Metro, con Granger, la pelirroja Eleanor Parker y Janet Leigh, donde los espadachines se enfrentaban con un estilo coreográfico y una gracia ingrávida similar a los de Blanchett y Shia LaBeouf mientras tratan de darse la estocada final en medio de la selva.

También se asoma por allí el recuerdo de Tierra de faraones (Land of the Pharaohs, de Howard Hawks, 1954), con el complicado sistema de seguridad diseñado para impedir que los mortales violen la tumba del faraón o la cámara secreta de la Calavera de Cristal, lo mismo da. Y el ataque de las hormigas mortíferas, guiño a una de las películas más excitantes, y de Technicolor más deslumbrante, de la época: Marabunta (The Naked Jungle, de Byron Haskin, 1954).

¿Pero funciona todo este salpicón? Por ratos. Lo mejor está en los quince primeros minutos, con Indiana recitando "I like Ike" y escapando de una explosión atómica en una secuencia sensacional. Lo que sigue está filmado con cierta gracia pero poca inspiración, hasta que algún momento fuerte de acción, como la pelea a espada con los rivales encaramados en vehículos en movimiento, como si fueran Ben-Hur y Mesala, o el ataque de las hormigas, impulsa la película y retoma el interés. El final, que es un recalentado de Encuentros cercanos del tercer tipo, hasta con la aparición de un ET que parece duplicado de la Edición Especial de Encuentros..., culmina la acción de cualquier manera.

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