Por: Diego García-Sayán. Ex canciller de la República |
A lo largo del último año cien millones de personas que en el planeta habían dejado la condición de pobreza han vuelto a ella. Eso por los aumentos en los precios de los alimentos a escala mundial. Algo serio está ocurriendo. Era ingenuo asumir que el espectacular crecimiento de la economía china en la industria, la construcción y los servicios no iba a tener una directa consecuencia en la capacidad de consumo de la población china. Que, entre otras cosas, está comiendo más y mejor. Hoy, cerca del 30% del consumo mundial de carne se da en la China. Esto tiene impacto en todo el mundo. En el Perú la gente lo siente; y se siente más en las familias de menores ingresos, pues allí pesa más proporcionalmente el gasto en alimentos.
Desde inicios del 2007 los precios de los alimentos vienen aumentando en el mundo. Este proceso se ha acelerado en lo que va del 2008 en los precios del trigo, maíz, arroz y soya. El del trigo se ha más que duplicado en los últimos doce meses. Y es lo que viene pasando con casi todos los productos alimenticios que se transan en el mercado mundial. El aumento del precio del trigo tiene un efecto evidente en la mesa de los peruanos si se toma en cuenta que más del 90% del trigo que se consume en el Perú (insumo esencial del pan o de los fideos) es importado. El maíz, por su lado, ha subido en torno al 100% durante el 2007 y el arroz en más de 70% en lo que va del 2008. Y eso tiene un importante impacto en el Perú, que importa más de 60% del consumo de maíz (esencial para la producción avícola).
Estos aumentos de precios son parte de una marcada tendencia global al aumento de los precios de las materias primas desde hace cuatro o cinco años. Los alimentos han sido los últimos en subir, después de décadas de precios bajos. Y así como ahora impacta negativamente en nuestro país por los precios de los productos alimenticios, es el mismo fenómeno que explica el espectacular crecimiento de nuestros ingresos por exportaciones mineras en los últimos cinco años.
Los aumentos obedecen en este caso básicamente a un aumento del consumo mundial. Tanto porque en algunos países se está comiendo más y mejor como por el crecimiento de la producción de combustibles de origen vegetal.
Así, el crecimiento industrial y urbanístico de la China y la India (que explica en buena medida el aumento en los precios de los metales), ha generado un aumento importante en el consumo de alimentos en esos países. La China, por ejemplo, participaba solo en el 2% del comercio mundial de alimentos en 1990; ahora su participación es del 6%. El consumo anual promedio de carne de vacuno en la China era de 20 kilos por persona hace 20 años, hoy es de 50. Si se toma en cuenta que para generar un kilo de carne el animal debe consumir alrededor de ocho kilos de grano, es fácil imaginar el impacto que esto tiene en el aumento del consumo de granos en todo el mundo.
El aumento del consumo de granos tiene que ver, además, con el aumento del precio del petróleo. En los últimos cuatro años cada vez más productos agrícolas se utilizan para producir combustibles: maíz para el etanol y soya para el biodiésel. A este tipo de procesos se suman algunos problemas en las cosechas el año pasado y restricciones en las exportaciones que están poniendo algunos países (carne en Argentina o arroz en Vietnam).
¿Se puede hacer algo? Evidentemente las grandes tendencias mundiales seguirán su curso sin que desde un país como el Perú se pueda hacer mucho para variarlas. Lo que sí se puede y debe hacer es atenuar el impacto y, en la medida de lo posible, sacar alguna ventaja de ese dinámico mercado de productos alimenticios.
Para atenuar el impacto cabe una combinación de respuestas que empiezan por promover algunos cambios en la dieta (recuperar los niveles de consumo per cápita de papa que se tenía hace dos o tres décadas) o en los ingredientes para la producción de productos como el pan. Algo de esto se viene haciendo, pero hasta el momento con muy poco impacto. Adicionalmente, se debería promover el cultivo de ciertos productos alimenticios donde existan condiciones agronómicas favorables. Campañas de información, programas de mejoramiento de riego, facilidades logísticas para la comercialización son, entre otras, medidas indispensables.