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PESADILLA: NI LAS DISCULPAS PÚBLICAS DEL ZAGUERO LO LIMPIARÁN DEL ERROR

La pena máxima

John Terry sigue sufriendo con el penal errado en la final de la Champions

Londres [EFE]. Una fracción de segundo, en el mundo del fútbol, puede condicionar dramáticamente la vida de un jugador. Y si no, que se lo cuenten a John Terry, nombrado ayer capitán temporal de Inglaterra de cara al amistoso contra EE.UU. que hoy disputará el equipo inglés.

Aunque se dice que el tiempo cicatriza heridas, seis días después de la final europea, el defensa del Chelsea sigue sufriendo tras haber desperdiciado un penal crucial que hubiera dado a su equipo la Liga de Campeones.

Ni la decisión tomada ayer por el italiano Fabio Capello, un hombre con fama de estricto y exigente, de conceder al defensa la capitanía de Inglaterra para el partido en Wembley, logra borrar del imaginario colectivo el calvario personal que afecta a este jugador.

Moscú se convirtió en el escenario más cruel de la peor de las pesadillas del recio capitán de los 'blues'. La intensa batalla por la Copa de Europa cobró tintes dramáticos al prolongarse hasta la tanda de penales, y aunque lo tuvieron cerca, muy cerca, el preciado trofeo se les escapó de las manos a los londinenses de la peor de las formas.

Como un héroe, JT --como le llaman cariñosamente sus compañeros-- se adelantó valientemente para cargar sobre sus hombros con la abrumadora responsabilidad de dirigir el disparo clave que definiría la temporada europea.

Habían tenido que despedirse de la liga y los 'blues' estaban a tan solo un paso de redimir el fiasco sufrido en la Premier con un premio de mayor envergadura.

Se trató del quinto tiro a la puerta del meta holandés del Manchester United, Edwin van der Sar, en la lotería de los penales y el marcador indicaba 4-4.

La intensa lluvia, los nervios traicioneros, el destino despiadado o, simplemente, la naturaleza del fútbol. Una conjugación de factores impertinentes se aliaron en fracciones de segundo para burlarse de las intenciones heroicas de Terry.

Inoportuno y absurdo como son los resbalones, el corpulento inglés no atinó sobre el césped empapado del estadio Luzhniki e hizo añicos, de la más involuntaria de las maneras, las esperanzas de miles de aficionados 'blues' al entregarle al Manchester la copa.

A partir de ese fatídico momento, el capitán del Chelsea, hecho un mar de lágrimas, no ha pegado ojo. Su sentimiento de culpa es tal, que le ha llevado, incluso, a emitir una disculpa pública a los seguidores.

"Desde que ocurrió, en cada minuto de mi vida he revivido ese momento. Asumí el disparo consciente de que ganar la copa solo dependía de mí, y lo que pasó después me perseguirá mientras viva", admitía Terry.

De poco o nada sirvió que otro de los bastiones del Chelsea, Frank Lampard, saliera en defensa de su compañero, al que ha apoyado a capa y espada.

Lampard insiste en que Terry, al que ha llamado 'Mr. Chelsea', "saldrá de esta, y lo hará con muchísima más fuerza".

Pero no acaba ahí. Como en las tragicomedias griegas, el drama continúa más allá de la decepción personal de JT. Él sigue flagelándose y lamentando su destino, aunque --como buen profesional-- no ha descuidado los entrenamientos con su selección.

Sin embargo, las consecuencias han salpicado brutalmente a sectores varios del club.

Los feudos de Stamford Bridge, donde los millones inacabables de su propietario, el todopoderoso ruso Roman Abramovich, no han logrado --ironías del destino-- comprar un triste trofeo, se sacuden ante el 'shock' mientras se debaten en numerosas cábalas futurísticas.

Para empezar, Abramovich, un hombre sin escrúpulos cuando se trata de hacer borrón y cuenta nueva, no se ha andado con remilgos y ha optado por medidas drásticas ante la mayúscula decepción.

El despido automático del entrenador del equipo, el israelí Avran Grant, fue la primera consecuencia del resbalón de JT.

Son las cosas del fútbol, un traspié, la lluvia incesante, un penal fallido, un club patas arriba y la desdicha de por vida de un gran jugador.

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