WASHINGTON [EFE]. El virtual candidato republicano a la Casa Blanca, John McCain, se presenta al electorado como alguien que no tiene pelos en la lengua, un rasgo que claramente ha heredado de su madre, Roberta, a sus 96 años aún una mujer de armas tomar.
De llegar a la Casa Blanca, McCain (72) sería el presidente de más edad en su primer mandato, algo que ha suscitado cierta preocupación.
Su respuesta siempre ha sido aludir a su madre, quien a solo cuatro años de llegar al centenario lo acompaña en algunos actos electorales y aparenta incluso menos edad que su hijo.
Ávida estudiosa de la arquitectura y del arte, aún hoy viaja desde su hogar en Washington a Nueva York para ver las nuevas exposiciones en el Metropolitan Museum.
Cada año viaja a Europa, a veces en compañía de su hermana gemela Rowena. Hace poco --según ella misma cuenta-- al llegar a París encontró que las compañías especializadas no le dejaban alquilar un automóvil debido a su avanzada edad. Así que se lo compró.
"¿Qué quiere que haga, que me siente y juegue al bridge todo el día? ¿O que me ponga a hablar de mi operación de rodilla y reparta fotos de mis nietos?", declaró Roberta McCaine a la cadena CBS en una entrevista reciente.
Su respuesta es característica de una mujer que --según ella misma admite-- dice lo que piensa, y que siempre ha hecho más o menos lo que ha querido... aunque --reconoce-- no es ninguna izquierdista.
Nacida en 1912 en California, se casó a los 19 años cuando era estudiante universitaria con el oficial de Marina Jack McCain. Típico de Roberta, como sus padres le habían prohibido que saliera con él, se fugó a México con su novio para casarse en Tijuana.
Eso sí, se llevó sus libros a la luna de miel para estudiar sus exámenes. Y los aprobó.
Su madre, sin embargo, nunca terminó de perdonarle ese matrimonio al que se había opuesto y del que nacerían tres hijos, Sandy, John y Joe.
Su vida de casada con un oficial de la Marina no fue fácil, debido a las largas ausencias de su marido y los continuos traslados. Incluso cuando estaba en casa, Jack McCain trabajaba largas horas, pero Roberta no lo lamenta.
"Si eliges la Marina, haces lo que haga falta hacer. A muchas esposas eso no les gustaba, y gracias a Dios se marcharon", explicó en su día en una entrevista a la revista "Time".
En 1967, cuando ella y su esposo se preparaban en Londres para asistir a una fiesta en la embajada iraní, una llamada telefónica les comunicó que el avión que pilotaba su hijo John había sido derribado sobre Hanói.
Durante dos días creyeron que había muerto. Pasarían aún cinco años y medio hasta que volvieran a verlo, liberado tras pasar la guerra como prisionero del Vietcong. Durante esa época, Roberta admite que apenas hablaba de su hijo con la gente: "¿Por qué sacarlo a relucir?", se pregunta.
Finalmente, Johnny --como ella aún le llama-- pudo regresar a Estados Unidos. En sus declaraciones sobre sus experiencias, soltó una retahíla de malas palabras contra sus captores.
Otra madre le hubiera disculpado, dadas las circunstancias. Roberta, no. Su primera reacción fue amenazarlo con lavarle la boca con jabón.
"Nunca hubiera creído que sería capaz de usar esas palabras, y las usó... Todavía me avergüenzo de él; no es un lenguaje de caballero", afirmó en una entrevista en enero.
Ahora, no obstante, no tiene más que elogios para su hijo y afirma que EE.UU. lo necesita y que es una persona íntegra.
Pero Roberta McCain no solo reserva sus opiniones para su hijo. También las tiene, y muy claras, sobre el Partido Republicano, al que acusó en enero de no apoyar la candidatura del senador por Arizona.
O sobre los mormones, a los que culpó de los problemas por los que atravesaron las Olimpiadas en Salt Lake City en el 2002.
Estas últimas declaraciones causaron una cierta polémica allá en enero, cuando McCain aún se batía en las primarias contra el ex gobernador de Massachusetts Mitt Romney, mormón de religión.
A este respecto, McCain ha dejado claro que, aunque compartan los mismos genes y similitudes en el carácter, cada uno tiene sus propias opiniones.
"Mi madre tiene 96 años. A esa edad, se ha ganado el derecho a tener sus propios puntos de vista", apunta el senador.