Por Louisa Nesbitt Bloomberg
DUBLÍN. El traje de tres piezas en el escaparate del sastre Leonard Fagan en Dublín viene con camisa negra, corbata blanca y un pañuelo negro, y se vende por 350 euros (US$542). Está hecho para que un niño de 8 años lo use una vez.
La primera comunión, un rito católico que antes se conmemoraba con trajes y vestidos usados, se ha convertido en un festival de limusinas, manicure francesa y trajes a la medida para algunos niños irlandeses.
"Buscan trajes estilo James Bond", afirma Fagan. "Quieren verse como sus ídolos".
La transformación de la primera comunión se asemeja a la de Irlanda, uno de los países más pobres de Europa hasta los años noventa del siglo pasado. Tras un auge económico de 14 años, algunos padres gastan más de 4.000 euros en ropa, entretenimiento y comida para docenas de invitados. La Iglesia está arremetiendo: algunas parroquias celebran ceremonias los domingos y exigen uniformes para evitar la extravagancia.
"He visto niños viajando en limusinas blancas, y los padres contratan carruajes y ponis Shetland", dice monseñor Dan O'Connor, director de la asociación de escuelas primarias católicas. "Recuerdo una fiesta en la que hubo carpa y un cuarteto de cuerdas".
Según O'Connor, la presión social obliga a algunos padres a endeudarse para celebrar lo que debería ser un acto religioso. La primera comunión es la primera vez que un niño recibe la hostia y el vino que la Iglesia dice que son el cuerpo y la sangre de Jesucristo. "Lo que intentamos combatir es que la gente se endeude", precisa.
A TODO LUJO
Los padres de los 60.000 niños en Irlanda que reciben la primera comunión cada abril y mayo gastan hasta 4.200 euros, según cálculos del periódico "Irish Examiner".
Un vestido de seda de un diseñador para la primera comunión cuesta unos 500 euros, un carruaje tirado por caballos 850 euros, una limusina 300 euros y las cuentas de restaurante ascienden hasta 1.000 euros, calculó el diario.
Kerrie-Ann Grant, ataviada con un vestido blanco largo, velo, tiara y zapatos blancos, invitó a 19 parientes a comer en el restaurante Milestone Inn en Balbriggan, al norte de Dublín, después de la primera comunión.
"Escogió su propia tiara, eligió los zapatos. Tiene muy buen sentido de la moda", dijo su madre Christina, antes de agregar que los niños no "están en la pasarela". "Desde el punto de vista religioso es muy importante".