Por Jaime de Althaus Guarderas
El dato más interesante de la reciente medición de la pobreza en el Perú, no es solo la importante reducción del 5,2% para alcanzar un nivel de 39,3%, por debajo del 40%, que nunca habíamos conocido, y que refuerza la sensación de logro colectivo, de que el país puede aspirar a eliminar la pobreza en una fecha ya no utópica, sino que el gasto se sigue incrementando más en el resto urbano que en Lima y, sobre todo, que la pobreza rural andina, acaso la más irreductible de todas, empieza a ceder.
Esto último ya había ocurrido en la década pasada, gracias a la eficacia de Foncodes y a la construcción de caminos, pero la recesión del 1998-2001 revirtió los avances y luego de ello las encuestas del INEI mostraban mejoras relativas en la reducción de la pobreza total pero empeoramiento de la pobreza rural andina. En efecto, entre el 2004 y el 2006, años de crecimiento ya más fuerte, la pobreza en la sierra rural aumenta de 75,8% a 76,5%, pero el 2007 baja a 73,3%. Lo mismo se puede decir de la pobreza extrema, que sube de 44% a 46,5% entre el 2004 y el 2006, pero baja el 2007 a 40,8%, una caída relativamente importante de 5,7%.
Lo que esto podría significar es que luego de varios años de repliegue de la obra pública (entre el 2000 y el 2005) y de relativo abandono de los programas sociales, pues la relativa recuperación de la inversión pública y los esfuerzos de articular e intensificar los programas sociales (Crecer y Juntos), por fin empezarían a dar algunos frutos. Es obvio que esas zonas, en la medida en que están menos conectadas al mercado, se benefician menos de la expansión de la economía. Por eso, el único medio para mejorar sus niveles de vida es, en un primer momento, la acción distributiva del Estado. Eso es lo que debe estar empezando a funcionar, lo que se confirmaría con un ratio de 0,58 entre tasa de crecimiento (9%) y reducción de la pobreza (5,2%), algo mejor al promedio de 0,5 que teníamos.
Pero es obvio que la solución a largo plazo no es la distribución de alimentos, dinero o medicinas, sino la incorporación efectiva de esas poblaciones al mercado vía la construcción de la infraestructura de comunicaciones y el incremento sustancial de su producción. Ya tenemos --como hemos reiterado tantas veces-- la tecnología disponible para esto último: el riego por aspersión adaptado y generado a partir de pequeños reservorios, que lleva a una revolución de la productividad, de los ingresos y de la cultura económica de los campesinos, que no solo permitiría acelerar notablemente la reducción de la pobreza en la sierra rural sino que, de paso, cambiaría definitivamente el clima político nacional y fundaría, por primera vez, una verdadera nación. Creando riqueza desde abajo.
Convocar a las comunidades campesinas a una cruzada de estas magnitudes le daría al gobierno de García el contenido popular del que carece y que necesita no solo para incrementar su popularidad, sino principalmente para afianzar el modelo que está permitiendo las elevadas tasas de crecimiento que el país está experimentando pero que no todos disfrutan por igual.