Por Ismael Barrios. Abogado
Dentro de Sudamérica, la Comunidad Andina de Naciones constituye un bloque de integración que en la actualidad se encuentra sumido en una suerte de estancamiento. La viabilidad de la CAN ha quedado en duda por múltiples razones: su incapacidad de desarrollarse a través de los años y pasar a involucrar aspectos más relevantes que el simple comercio de mercancías, como por ejemplo el funcionamiento de un órgano supranacional efectivo y un marco de resolución de disputas encargado de mediar no solo en conflictos comerciales sino también en controversias políticas como las que involucraron a Colombia, Ecuador y Venezuela recientemente.
Referido a este último tema y luego del bombardeo a un cuartel de las FARC en territorio ecuatoriano por parte del ejército colombiano, ha quedado en claro que no solo existen vacíos estructurales sino también un distanciamiento ideológico que divide en dos a los países de la CAN. Por un lado están aquellos que cuentan con gobiernos populistas, que buscan enemigos externos para justificar sus problemas internos. El segundo grupo promueve el respeto a los valores democráticos, buscando el bien común mediante la generación de riqueza, la apertura económica, la suscripción de acuerdos comerciales que permita incorporar el mayor número de mercados para dirigir sus exportaciones y la garantía de brindar estabilidad jurídica con la finalidad de atraer a inversionistas locales y extranjeros.
De probarse la actitud benevolente que el Gobierno Ecuatoriano tendría frente a las FARC, se debería reflexionar si acaso resulta conveniente continuar formando parte de un bloque integrado por algunos países con los que actualmente no tenemos objetivos en común.
Dos de los cuatro miembros de la CAN poseen afinidades más que cercanas con el régimen chavista-boliviariano, aquel que promueve la inestabilidad jurídica manifestada en el desconocimiento de la inversión y la propiedad, nacionalizando empresas a discreción, fomentando el autoritarismo y la división entre pueblos espiritual e históricamente hermanos.
Cuesta imaginar a los negociadores de los países miembros de la CAN sentados en una mesa poniéndose de acuerdo sobre asuntos convenientes para nuestros pueblos si contamos de antemano con tantas divergencias. Pero aún más difícil resulta creer que con esas credenciales países desarrollados verían atractiva la posibilidad de asociarse a un bloque en donde sus gobernantes poseen pensamientos antagónicos y que a pesar de encontrarse constituido desde 1969, está aún muy lejos de establecerse como un verdadero y maduro modelo de integración regional.