No hace muchas décadas, los franceses empezaron a difundir por todo el mundo que su cocina era la mejor. Esto se instituyó en algo más que una política de Estado: se convirtió en una convicción de sus ciudadanos y, con ella, empezó a llegar el beneplácito internacional por la calidad de sus platos. Después, ese mismo reconocimiento se trasladó a su moda, sus perfumes, etc. Así, Francia adquirió un día el título del país más refinado y nadie lo objetó.
Pensemos en grande. Al Perú se le presenta hoy la oportunidad de tener un motivo de orgullo internacional, y con el mismo motor que alimentó la experiencia gala: la comida. Porque si hay algo que todo peruano extraña cuando se aleja del terruño son sus platos costeños, andinos y selváticos. Y si hay algo que todo peruano presenta con ansias a una visita es nuestra gastronomía. Lo ocurrido en Chile es una muestra de lo que podemos tener. Exportemos calidad, exportemos peruanidad.