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Cuidado con el diablo en el pasodoble

Por: Juan Paredes Castro |

Alguna vez Lourdes Flores y Alan García cruzaron pañuelos en una marinera improvisada. Luego, cruzaron votos en otra, con resbalosa electoral de suspenso.

La lideresa del PPC tiene que haber sacado la mejor lección de esa experiencia para medirse ahora en un pasodoble por la inclusión social con la misma pareja de entonces, el hoy mandatario, Alan García, y con quien no quiere quedarse atrás en la competencia a futuro: Ollanta Humala.

El pasodoble puesto en la agenda política quiere bailarlo también Alejandro Toledo, otro que brega por la inclusión social, con miras a una eventual reelección.

En este baile --entre audaz, pintoresco y contradictorio a nombre de los más pobres del país-- no faltan quienes desean ver desde la platea qué pasos y compases diferentes hay y cuánta credibilidad rodea a cada uno de ellos.

De no mediar en el gobierno de García un drástico cambio hacia una real y efectiva gestión gerencial de los programas sociales, el promedio de sus resultados no será mayor al que dejó Toledo. Vale decir: una vez más los costos burocráticos en la administración de los programas sociales matarán a la gallina de los huevos de oro, que tanto busca cuidar Susana Pinilla desde su nuevo ministerio, que de paso ya debería cambiar de nombre.

La propuesta de Lourdes Flores por la inclusión social es buena, como buena fue la del 2006, solo que con un énfasis muy fuerte y reiterativo en el papel del Estado, en desmedro del que le corresponde desempeñar principalmente al sector empresarial privado. Un giro de este, de apenas un octavo, a favor de la inclusión laboral y salarial, podría contribuir en mucho a aliviar el descontento que el 2011 será crucialmente manipulable por el antisistema.

El pasodoble de Flores va pues en onda en dirección del Gobierno, para empujarlo a lo que debe y tiene que hacer, pero va mal en dirección del sector privado, al que no le demanda un solo punto de quiebre, ni siquiera en sus brazos.

El pasodoble de Humala se sale de cualquier pista racional. Quiere quedar bien con los mineros y con el presidente regional de Áncash. Su dilema consiste, en un primer escenario, en negarle utilidades a los mineros para salvar los remanentes que reclama su amigo Álvarez, que ni siquiera sabe cómo gastar lo que ya tiene. Y en un segundo escenario, tiende a facilitar el cobro de utilidades de los trabajadores mineros a cambio de demandar, mediante un nuevo proyecto de ley de su bancada en el Congreso, que las sobreganancias del sector vayan a las regiones, entre ellas Áncash. Un pasodoble con Dios y con el diablo, así de sencillo.

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