CARTAS DEL FIN DEL MUNDO
Por Maki Miró Quesada
Ariana tiene 16 años y vive en Key Biscayne, un reducto latinoamericano importante de la Florida, uno más. Margot tiene 15 y vive en un viñedo en las afueras de Montpellier y el pueblo más cerca le queda a media hora por malos caminos. Carolina acaba de cumplir 13 y vive en el centro de San Martín de los Andes en la Patagonia argentina. Ninguna de ellas conoce a ninguna de la otras dos, pero a las tres son excepcionalmente inteligentes, les va regio en el colegio y todas comparten las mismas inquietudes: estudiar, estar a la moda, ser populares y tener amigos, solo que en grado diferente y de maneras distintas.
Ariana la más canchera y madura me invita a formar parte de Facebook, su network de amigos al cual me adhiero de inmediato:
a) Por curiosa.
b) Para no quedar como una anticuada que no entiende.
c) Porque me parece muy mal educado decirle que no a una niña tan encantadora.
A partir de allí entro a formar parte de 'los amigos de Ariana' y me doy con la noticia que 'ahora Ariana tiene 986 amigos' ('Mil amigos comment est-ce possible?'). Inútil explicar que luego de ingresar a Facebook invito a seis de MIS amigas a participar con los siguientes resultados:
a) Cuatro no me contestan.
b) Una me dice que muchas gracias pero que no sabe qué hacer con la invitación.
c) La otra me dice que mejor invite a su hija 'que es muy entendida en el tema'.
Y es así como me quedo enganchada a un network donde el promedio de edad es de 15 años y las comunicaciones por Internet consisten mayormente en palabras abreviadas y muchas fotos de fiestas donde todos se abrazan. Al segundo día se ha abierto un chat en el Facewall donde están los de mi grupo -léase el de Ariana-. Trato de ingresar a la conversación pero esta continúa por encima de mi cabeza sin que nadie tome nota de mi presencia (seguro que saben mi edad) y bato la retirada con el rabo virtual entre las piernas.
Margot no tiene Internet y casi nunca va al pueblo porque sus padres están muy ocupados para llevarla y porque además, dicho sea de paso, cancelaron el cibercafé por falta de uso pero tiene una amiga Philippine y su caballo Opaline. En los días que no hay colegio se monta en Opaline y va a la casa de Philippine y las dos se pasan horas echadas encima de la cama muertas de la risa, hablando de lo mismo que hablan las chicas desde que el mundo es mundo y existen los chicos, solo que como además son francesas le dedican mucho tiempo a la moda con resultados espectaculares.
A Carolina le importa un bledo la moda, ella sueña con se campeona de esquí, y hacen dos años está compitiendo en su categoría. En su casa sí hay Internet pero una sola computadora y como son muchos hermanos para hablar con sus amigas prefiere caminar tres cuadras a la calle principal y juntarse con su patota en la esquina de la heladería Charlot por donde desfilan como pájaro bobo los jóvenes del lugar.
Cuando yo era chica éramos una pandilla de 10 o 12 chicas que nos sentábamos en la paredilla de Michelle Jacome, en la calle 45, a ver pasar los chicos que daban vueltas en carro, seis por coche peinados a lo Elvis Presley, mismo "Grease" pero sin la música y mi mejor amiga era Michelle. Pasábamos las tardes mirando de reojo al chico que nos gustaba, jugando a las indiferentes y haciéndonos las interesantes. El Internet nos conecta con el mundo pero nos aísla dentro de su burbuja, no nos permite cuchichear, intercambiar señales destinadas solo para ser vistas por dos y acercarnos y mirar en los ojos a nuestra mejor amiga para contarle el secreto más grande del mundo.