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El espejo de Evo Morales y el 2011

Por: Juan Paredes Castro |

Lo que haga o deje de hacer Evo Morales y su gobierno en Bolivia construye cada día el espejo más cercano y nítido que tiene el Perú, no para hacerlo suyo sino para desecharlo.

Sin embargo, el comportamiento de la política peruana parece llevarnos, voluntaria e involuntariamente, al encuentro de ese espejo, con todos sus males, desde el populismo autoritario hasta la amenaza del fraccionamiento territorial.

Cualquiera con dos dedos de frente podría decir que eso no es cierto porque nuestra estructura macroeconómica es estable, porque las condiciones de crecimiento bastan y sobran, porque tenemos un TLC vigente con Estados Unidos, porque estamos ganando terreno competitivo en la región y porque nuestro mercado es atractivo a las inversiones. Si esto es así, ¿por qué entonces tendríamos que preocuparnos?

La respuesta no se hace esperar: todas las bondades que podamos citar alrededor de la estrella del crecimiento económico podrían ser poco y nada si el sostenimiento de la estabilidad política y jurídica del país no se convierte en una verdad a toda prueba.

Este sostenimiento tendría que pasar por una mejor legislación (cosa que no estamos viendo en el mediocre trabajo parlamentario); por una participación inteligente y madura de los partidos políticos (hoy en día demasiado desconectados de la realidad y la sociedad); por una administración de justicia confiable y transparente (lástima que su reforma siga siendo parte del toma y daca de los grupos del Congreso); por una oposición que al tiempo de ejercer control y crítica, exponga y articule propuestas válidas (Lourdes Flores habla de inclusión social, restringiéndola al papel del Estado y obviando el del sector empresarial privado, mientras Ollanta Humala no propone nada y apuesta todas sus fichas a la fácil promoción del descontento social).

Con una economía que pretende superar a la chilena y una política que busca imitar a la boliviana, estaremos cada vez más próximos a perder el rumbo que a exhibirnos, orondos, en una nueva cumbre internacional, como la del APEC en noviembre.

En estas circunstancias al presidente Alan García no le queda sino convertirse en impulsor 24 horas al día del mejoramiento político que necesita el país, asumiendo, como hemos dicho tantas veces, un rol más activo y productivo como jefe de Estado, desde cuya posición puede tender puentes con los líderes de la oposición (haciéndolos menos extraños a las tareas nacionales), concertar mejores políticas de gestión con los gobiernos regionales; sentar a una misma mesa a empresarios y trabajadores para forjar acuerdos laborales más aceptables a ambos lados; darle una vuelta de 180 grados a la administración pública; y recobrar el control de priorización de la educación y de la lucha contra la pobreza y la desigualdad.

Tengamos pues cuidado con el espejo boliviano, de aquí al 2011.

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