Por Jorge Barraza. Columnista
¡Cuidado! No tomar vino después de comer sandía, sostiene la creencia popular. Llevada al plano futbolero, podríamos parafrasear: "No beber en la Eurocopa tras consumir Libertadores". Quién sabe. Lo único seguro es que a continuación de dos Boca-Fluminense no es aconsejable un Suiza-República Checa. Puede caer mal al hígado. No lo recomendamos, pero es lo que marca el calendario. Y uno, que es devoto de la pelota y obrero de la prensa, no tiene más remedio, se sienta y mira.
Los dos juegos por semifinales entre Boca y Fluminense tuvieron todo lo que es posible reclamarle a un partido de fútbol: clase, técnica, agresividad, despliegue, emoción, goles, temperamento. Y un ramillete de individualidades brillantes como Riquelme (en el choque de ida; en el de vuelta, una gastroenteritis que lo tuvo en duda recortó notablemente sus posibilidades); Thiago Silva, zaguerazo de excepcionales recursos técnicos y espirituales. Pronto será crack en la selección brasileña (suponemos que Dunga mira la Libertadores). La pegada fantástica de Thiago Neves y Washington, la impresionante potencia de Júnior César escalando el andarivel izquierdo; el muy buen arquero Fernando Henrique; la sempiterna acechanza que representa Martín Palermo; la zurdita filosa y elegante, tipo César Cueto, de Darío Conca.
Y más allá de nombres, ¡las camisetas! El peso centenario de la azul y oro boquense, la tradición del 'jogo bonito' de la tricolor. ¡Qué muestra de grandeza la de Flu! Llenar el Maracaná es obra de gigantes. Y aun saliendo de un largo período de sombras, de un 'jejum', como dicen en Brasil, Flu abarrotó el templo.
Un nivel excepcional que prestigió a la Libertadores, superior incluso a la final de la Champions entre Manchester y Chelsea. Que fue dramática, volcánica, tensa, aunque discreta en atractivos estéticos.
Fluminense-Boca paralizó al continente. Había olor a cita grande, a partido memorable. Y el hincha huele. Estábamos en Asunción; sus calles quedaron desiertas, la gente apuraba sus últimas ocupaciones "para ir a ver el partido". Boca tiene mucho que ver. Su popularidad es un imán inigualable, un caso único: juegue donde juegue, el estadio rebalsa. Para verlo ganar o para verlo perder. Ningún otro club, como visitante, moviliza como Boca. El segundo está a mil kilómetros de popularidad.
Sesenta horas después de un espectáculo inolvidable, nos alistamos para el comienzo de la Eurocopa. Como irredentos peregrinos de la pelota, nos frotamos las manos esperando otro plato delicioso. Acaso porque aquel Chelsea-Manchester aún es pintura fresca. Pero, en su arranque, la Eurocopa entrega una moraleja: el fútbol de clubes es una canción, el de selecciones, otra.
El impresionante poderío económico de los clubes europeos les permite formar fuertes planteles; las selecciones, en cambio, deben conformarse con los discretos valores de la casa. Es una de las explicaciones de por qué Inglaterra disfruta de la liga más apetecida del mundo y sufre con una selección inconfiable, ordinaria, vulgar.
El marco es magnífico, prolijo, impactante. El orden y la puntualidad agradan. Lo flojito es el producto, ahí en el rectángulo verde. Hay más emoción en un programa de cocina que en este Suiza 0 República Checa 1. Un dolor de ojos. Fútbol monocorde, imaginación cero. No se les cae una idea.
Una disculpa atendible es el calendario: la Eurocopa comenzó casi inmediatamente después de terminar una temporada extenuante. Muchos equipos, los que juegan copas europeas y que son justamente los que tienen la mayoría de los jugadores seleccionables, han disputado en promedio 60/65 partidos en el ciclo 2007-08. Y apenas fueron liberados de sus clubes, los futbolistas debieron alistarse en sus selecciones. No hay descanso físico, pero sobre todo no hay frescura mental, elemento vital para la creatividad. Si la Copa América se hubiese jugado en esta fecha, las críticas a la organización hubiesen sido incendiarias.
¡Cómo habrá sido esta apertura de la Eurocopa que lo más resaltable fue la injusticia! Suiza hizo todo: dominó el juego, tuvo la iniciativa, las mejores situaciones y hasta un penal en el minuto 94 que el juez italiano ignoró olímpicamente (nos cabe el consuelo: allá también son espantosos; es universal). Y ganó República Checa. Al menos hablarán de eso. Imposible elegir una figura: parecen efigies sin rostro, iguales. La imagen mejoró ligeramente en Portugal 2 Turquía 0. Mas no como para variar el concepto.
El balance no difiere de lo que hemos visto tradicionalmente en el fútbol europeo de selecciones: fino envoltorio, insulso contenido.