Por: Juan Paredes Castro |
La crisis a la que han llevado al Congreso el Apra y el humalismo hace que nos preguntemos si los partidos políticos, incluidos los protagonistas del último boicot legislativo, serían capaces de acordar siquiera cinco puntos básicos de rescate y sostenimiento del sistema político.
Si en las recientes sesiones del Congreso se rompieron precisamente todos los acuerdos mínimos y los compromisos de no tocar otros temas que no fuesen los considerados en la agenda pactada, ¿cómo puede ocurrírsenos plantear semejante interrogante?
Sin embargo, es por demás evidente, entre los partidos, la ausencia de reglas de juego de común cumplimiento, capaces de evitarle al país comportamientos oscuros, desestabilizadores y degradantes como los que hemos visto últimamente.
El temor mayúsculo es que estemos construyendo un terreno político pantanoso en la medida que seamos fácilmente complacientes con la mediocridad e irresponsabilidad que campea no solo en el Congreso, sino en la vida de los propios partidos, respecto de las exigencias de una democracia que demanda una mejor representación y de una sociedad que sin duda quiere verse dignamente representada en la política y no cíclicamente decepcionada de esta.
El ex presidente Valentín Paniagua solía reclamar una mesa de partidos para justamente fijar en ella un código de conducta común, supuestamente en respuesta a las necesidades de civilización de nuestra vida política, más de las veces hechura del azar, la repartija y la improvisación.
Por coincidencia feliz, otro promotor quijotesco de las mejoras de nuestro sistema político, Henry Pease, presenta esta noche en el Centro Cultural de la Universidad Católica, un nuevo libro suyo que podría servir para llenar de un poco de sabiduría muchas de las cabezas huecas de políticos y congresistas que no saben donde están parados.
A propósito, al explicar su "Reforma Política" Pease reconoce justamente que el régimen democrático no funciona bien "porque los representantes que elegimos no se dedican a representarnos, porque los que gobiernan no lo hacen de cara a la representación para tratar de adecuar sus actos a ella, (y) porque los resultados no llegan a las mayorías como resultados objetivos".
Y tiene una idea exacta de lo que debe ser un parlamentario, al que define, primero, como un representante, y solo a partir de ese hecho, como un legislador y un fiscalizador del gobierno.
Para quien esto escribe, nuestros parlamentarios no han llegado a ser todavía representantes. Y por consiguiente tampoco legítimos legisladores ni fiscalizadores.
¿Cuándo van a ser lo que queremos que sean, por Dios?