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ANÁLISIS

No solo aplausos para Obama

Por Eduardo Ulibarri. Periodista

¿Tenemos razón los latinoamericanos para celebrar la candidatura presidencial de Barack Obama?

En muchos sentidos, sí:

Estados Unidos está urgido de un cambio político ilustrado, y él tiene ímpetu y capacidad para guiarlo, como los tiene para despertar fervor en la participación democrática, confianza en la gestión pública y renovada fe en la capacidad de regeneración, reinvención y guía de su país.

El mundo y Latinoamérica necesitamos lo anterior, porque mientras mejor se desenvuelva Estados Unidos, más ganaremos todos. También necesitamos una visión más equilibrada de su política exterior, un abordaje más multilateral de su diplomacia y una sensibilidad más aguda hacia la dimensión social del desarrollo.

Barack Obama, el primer afroamericano con todas las posibilidades de llegar a la Casa Blanca, encarna ese abordaje. Por esto, y por sus radicales diferencias simbólicas y programáticas con el presidente George W. Bush, su gran victoria dentro del Partido Demócrata ha generado esperanzas latinoamericanas.

Pero antes de aplaudir demasiado a Obama, o descartar como buena opción a su rival republicano John McCain, es importante poner en espera el corazón, activar el cerebro y dirigir los ojos a un ámbito a menudo vilipendiado, pero siempre indispensable, para generar y poder distribuir riqueza: el comercio internacional.

En él, por desgracia, el inspirador, moderno, reformista, activo y "postracial" Obama ha adoptado una inquietante actitud de halcón proteccionista, mientras el conservador y seco McCain es el abanderado de la apertura.

Obama propone "una política comercial que abra mercados exteriores para apoyar buenos puestos" en Estados Unidos; cree que el potencial del área de libre comercio de América del Norte (Nafta, por sus siglas en inglés) "fue sobrevendido" a los estadounidenses, y ha exigido renegociarla; se ha opuesto a los tratados con Colombia y Panamá, y mantiene una dura oposición al acuerdo que está vigente con Centroamérica y República Dominicana.

Al comentar el enorme déficit comercial de su país, lanza sus mayores disparos contra las supuestas malas prácticas de sus socios, no las desacertadas políticas fiscales y monetarias de su gobierno.

Está descontento con la Organización Mundial del Comercio, pregona una "protección más fuerte" a la propiedad intelectual de Estados Unidos, y ataca a la "subvaluada" moneda china y a los bajos salarios allí, en India o México, como factores de pérdidas de empleo en su país.

Obama, en síntesis, aborda la política comercial desde los riesgos y las sospechas.

McCain, en cambio, lo hace desde las oportunidades y la esperanza. Parte de que el 95% de los consumidores mundiales está fuera de su país y hay que llegar a ellos; propone involucrarse en "esfuerzos multilaterales, regionales y bilaterales para reducir las barreras" al intercambio; habla de "nivelar" el terreno para una "aplicación eficaz" de las reglas del comercio mundial y cree en el aumento de la competitividad como herramienta básica para el éxito en ese campo.

La consecuencia lógica es su apoyo a los convenios que su adversario rechaza y su negativa a utilizar argumentos no comerciales --sean laborales o ambientales-- para justificar barreras al intercambio.

McCain, además, representa una fuerte dosis de independencia y sensatez dentro del gobernante Partido Republicano. Es decir, no sería una simple continuación de Bush.

Todo lo anterior permea las actitudes de ambos en política migratoria. Aquí se acercan mucho más, y ninguno adopta posiciones inflexibles. Pero McCain es más preciso en su abordaje integral y más flexible en su actitud hacia los inmigrantes ilegales.

¿Quiere esto decir que la mejor opción latinoamericana es el republicano? No necesariamente. Obama tiene enormes virtudes que podrían balancear esta clara debilidad, y es posible que, si triunfa, las realidades del gobierno lo fuercen a recapacitar.

El ideal sería un Obama con la política comercial de McCain, o un McCain con el entusiasmo e ímpetu transformador de Obama.

Pero los ideales difícilmente se materializan. Y, en este caso, parece más sencillo acercarnos a alguna versión de lo primero que al tipo de metamorfosis que pudiera conducir a lo segundo.

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