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DEL EDITOR

El fin de los tiempos y la posmodernidad

Por Virginia Rosas

El jueves pasado se estrenó en Lima la película "El fin de los tiempos" ("The Happening") del director indio Night Shyamalan. En este filme de terror súbitamente se producen casos de extrañas y escalofriantes muertes. La gente, presa de un irresistible impulso tanático, se quita la vida de manera violenta sin que exista explicación alguna. Después sabremos que una toxina que emanan ciertas plantas a causa del cambio climático origina toda esta locura colectiva.

La cinta se centra en contarnos la historia de un laureado profesor de ciencias que trata a toda costa de salvar su vida y la de su familia, su esposa e hija, trasladándose por cualquier medio a Pensilvania donde él cree que estarán a salvo.

El domingo pasado un joven japonés alquiló un camión, gastó 280 dólares en diferentes cuchillos y se dirigió a Akihabara, uno de los barrios más frecuentados de Tokio, bajó de su vehículo gritando incoherencias y acuchilló a una veintena de personas. Siete murieron bajo el filo de sus armas vengadoras.

Tomohiro Kato, de 25 años, era un joven sin historias dicen ahora sus compañeros de labores en la fábrica de repuestos donde estaba empleado y de donde temía ser echado por haber perdido su mameluco de trabajo.

Era un excelente alumno, dicen también sus antiguos profesores de escuela. Un chico callado, sin historias.

Pero Tomohiro, al igual que las plantas que arrojan toxinas letales en la película de Shyamalan, anunciaba, como quien lanza boyas de salvataje, sus instintos tanáticos a través de Internet y nadie lo escuchaba.

Ni sus adoloridos padres, que se derrumbaron ante las cámaras de televisión sin saber cómo pedir perdón por los crímenes de su hijo, vieron la desesperanza, el dolor y la rabia que el joven había acumulado a través de los años. Ni se dieron cuenta de lo solo que estaba cuando se encerraba durante horas con su computadora.

En el 2006 anunció que se iba a suicidar. Lo hizo a través de Internet, su medio favorito de comunicación, ese aparato inanimado con el que los jóvenes de la posmodernidad, amamantados con iPods, videojuegos y celulares multifuncionales de los que no se desprenden, se aíslan del mundo real porque este los asusta. Hijos de un mundo que en aras del progreso económico ha perdido sus valores y con ellos los afectos. Chicos que creen establecer amistades cuando lo que acumulan son 'contactos'. Cientos, miles de contactos incapaces de abrazarlos, de mirarlos a los ojos o de consolarlos cuando la desesperanza acecha.

Tomohiro Kato sobrevivió a su intento de suicidio hace dos años porque el carro que estrelló contra un muro era muy fuerte y resistió el golpe. ¿Quién corrió en su ayuda cuando decía en su Facebook que no tenía amigos, que pertenecía a la basura y que hasta la basura era más valiosa que él porque puede reciclarse?

No fue su único grito de desesperanza. En sus blogs anunció sus crímenes, señaló con precisión la hora y el sitio, con la ilusión de que alguien lo escuchara y lo detuviera. Pero a diferencia del filme no hubo nadie que apostara por la vida y lo salvara del desastre, como hace el profesor Elliot Moore con su familia en la ficción.

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