Por Elkin Sotelo
Como un acto reflejo y un, para muchos, inexplicable efecto de rebote, el hincha peruano abrió el cajón, sacó la camiseta bien planchadita, se la puso, paró el taxi y salió hacia Ate. Es posible que el empate de los venezolanos en Montevideo haya provocado una comezón y un pálpito especial de que Dios, en la jornada de ayer, quería ponerse la camiseta de los desvalidos.
Esta vez el público no estuvo eufórico como en los partidos ante Paraguay y Brasil, pero tuvo más conciencia, e incluso después del desmoralizante gol colombiano a los 8', mostró tolerancia.
Estábamos ante un hincha comprensivo. Al inicio no hubo mayor muestra de rencor hacia algún jugador y tampoco para Chemo del Solar, aunque muy en el fondo tenga muchas cosas que decirle a más de uno.
BIEN IDENTIFICADO
El presentador oficial del partido, a poco de iniciarse las acciones, dio la bienvenida a los asistentes a nombre de la FIFA y de la FPF, que es lo mismo que decir Manuel Burga. Fue ahí cuando se escucharon rechiflas de la gente, que tenía la esperanza de que estas llegasen a oídos del doctor, quien una vez más anduvo en cualquier sitio menos en el estadio, como ha sido una costumbre suya en esta Eliminatoria, para evitarse la vergüenza de ser pifiado por una multitud.
El bálsamo para los casi 30 mil peruanos fue el gol de Juan Carlos Mariño; ahí empezó otro partido y todos ellos ya estaban bien aceitados. No hubo un estadio lleno, pero estuvieron los que creyeron y a esos no podemos llamarlos ingenuos.