Por Iván Herrera Orsi
Walter Velazco sigue de pie, con una bolsa de plástico en la mano y esa barba descabellada que le crece a los lampiños. No parece molestarle estar parado. Después de todo, es cobrador de micro. Lleva más de cinco horas en la sala de espera de la maternidad, un ambiente de losetas blancas donde un televisor deja sin público a una imagen de la Virgen y a la gruta de un santo no identificado. Walter, de 30 años, cogió un taxi y trajo a Martha, su pareja, poco antes del mediodía. Menos mal que ella tuvo ánimos de servir pan con mantequilla de desayuno, cuando los dolores, que empezaron en la noche anterior, aún se lo permitían.
Walter y Martha ya tienen una niña de 3 años. Cuando iba a nacer, llegaron al hospital a las cinco de la madrugada y Martha recién dio a luz a las tres de la tarde. Como si no se acordara de esto, cuando su mujer le anunció que quería ir al hospital, él se alarmó con la idea de que el bebe podía hacer su aparición de un momento a otro. "Estaba muy nervioso, creía que podía pasar algo malo", contará ella más tarde. Ahora, en la sala de espera, Walter tiene en mente a su hija mayor. La abuela la está cuidando, ojalá la pequeña esté tranquila. Pero lo que más le inquieta es la falta de noticias.
--Quiero ver a mi señora. No dicen su nombre-- murmura. En la puerta del pabellón de emergencias, un vigilante llama a los familiares de otros pacientes para que pasen a recibir indicaciones. Walter permanece de pie, abrigado con una chompa de color beige. Se agarra los codos, se frota el mentón.
Nadie le ha dicho que su bebe --un varón-- nació hace más de una hora, a las cuatro de la tarde. Aún no sabe que pesa 3,3 kilos y que Martha quiere que se llame Walter. En medio del trajín inacabable, la jefa de relaciones públicas de la maternidad, que nos acompaña, hará algunas consultas y subiremos aprisa a conocer al retoño. Cuando por fin lo tenga al frente, el bebe estará descansando sobre el hombro izquierdo de su madre. Walter lo espiará levantando un poco la colcha, el rostro atravesado de patas de gallo de tanto sonreír. Lo tocará con timidez y retirará la mano rápido, como si la piel de un ángel pudiera quemar.
ENSAYOS
Son pocos los partos en los que están presentes los padres, sobre todo en los hospitales del Estado. Un máximo de tres de cada diez, en el caso del Instituto Nacional Materno Perinatal, mejor conocido como la Maternidad de Lima. Los hombres se han acostumbrado a quedar excluidos de este territorio de mujeres... "vaya a su casa y venga mañana en horario de visita". Pisan el acelerador del auto, registran a su esposa, pagan, compran, rezan, contienen el aliento. Contenemos el aliento. Afuera.
Hace algunos meses, el instituto lanzó un plan piloto: la gestante podría subir a la sala de partos con un familiar, si es que lo pidiera. Después se resolvió que era mejor un mínimo de preparación, que solo podrían entrar los que asistieran con las señoras a esa gimnasia del valor que es el curso de psicoprofilaxis prenatal. Cada sábado en la mañana, un grupo de varones viste unas batas rosadas de hospital y ensaya qué puede hacer para reducir en algo los padecimientos previos a la alegría. A varios se les olvida los consejos cuando termina la espera.
La experiencia rebasa las expectativas. En el área de emergencias conocimos a un tipo flaco, tan callado como puede estarlo un hombre estresado. Aceptó responder unas preguntas con la mente en otra parte. Cuando le dijimos que quizás podríamos conseguir que ingresara a la sala de parto para esta crónica, se disculpó. No creía resistir los gritos. Él se lo perdió. La obstetriz Diodora Montes nos ha contado de un parto que atendió este año. El padre abrazó fuerte a su esposa y lloró como si él fuera el que acababa de nacer. Al salir la placenta, se desmayó.
ENCUENTRO
Pocas cosas hay más intimas que el sufrimiento: nadie es capaz de ingresar al terreno en el que otra persona vive su dolor. Aunque estés con ella amorosamente, en el fondo no logras acompañarla. En parte por eso y también por la ventaja que le lleva su pareja en la construcción de una relación con el hijo, durante el parto el padre puede sentirse involucrado, pero a la vez adivina que se le escapa mucho de lo que está ocurriendo. Inevitablemente, participa en condición de espectador.
No obstante, esto supone un privilegio. El momento en que ve a su niño es un encuentro. Tiene la intensidad de un hallazgo o del amor a primera vista. En la madrugada del jueves, Richard Santillán y su esposa, Elsa, nos dejaron presenciar el nacimiento de su segundo hijo. Él estaba en Gamarra, comprando la mercadería que pensaba llevar a provincias, cuando Elsa lo llamó al celular para avisarle que tenía contracciones. "Tú termina de trabajar, yo espero", le dijo. Pero su hija de 9 años se encargó de que se apurara: lo llamó por su cuenta para informarle que mamá se estaba quejando.
Ahora están en la sala de partos y Richard se ha apostado a la cabecera. Su tarea es empujar la almohada para ayudar a Elsa a incorporarse y a pujar. Él resopla. Le soba una mano en círculos como le enseñó la obstetriz, solo que de modo más brusco; le hace masajes en los senos para acelerar las contracciones, como lo indicaron, solo que más rápido. "Todo está bien, mi amor", le susurra a la mujer con la que está 17 años, desde la secundaria.
Ella no le cree, pero ya falta poco. Todo pasa rápido. Las ganas de ir al baño, que son la clarinada para el oído experto de las obstetrices; los gritos finales; y allí está Fabricio, embadurnado en una pasta gris. Richard besa a su esposa en la frente, en paz. "Ya, bebe", dice. Y no sé bien a quién le está hablando.