Por Milagros Leiva Gálvez
Hace 24 años que no vivo con él. Mis padres se separaron cuando yo era una adolescente, pero la ruptura no significó su ausencia. Pase lo que pase, cuenta con tu viejo. Eso me ha dicho desde que era una niña. Una de las cosas que mi padre escribió en mi bitácora de vida es que las broncas con la pareja son una cosa y el amor por los hijos es otra. Mi papá no vive en Lima y no está a mi lado en el sentido estricto de la palabra, pero permanece en mi corazón con las cosas que me enseñó. Y eso es lo que vale, digo yo. Hombres y mujeres suelen decir que en el reino familiar la mamá es la mamá; pero el papá también es el papá. ¡Y claro que nos enseñan cosas para toda la vida!
LA PATERNIDAD HA CAMBIADO
¿En qué momento los hombres se dieron cuenta de que no podían seguir cumpliendo el rol de 'espectadores' en el terreno de los cuidados primarios? ¿En qué momento entendieron que serían felices dando la mamadera? Hace poco una amiga me contó que fue su esposo y no el doctor quien cortó el cordón umbilical, que fue mágico, que sintió tan cerca a su esposo de su hijo, que fue una bendición. ¿Qué ha sucedido? ¿El hombre se ha dejado de cosas y ha sacado su lado femenino? ¿O el hecho de que la mujer trabaje resultó al fin una ventaja para el padre que de tanto compartir obligaciones descubrió los vínculos afectivos que nacen en el cambio de pañales? Hoy el hombre se declara embarazado. Algunos juran llevar las náuseas y dan por descontado su derecho a ingresar a la sala de parto. Asisten felices a los 'baby shower' y reclaman su derecho al descanso laboral después del nacimiento. Señores, tienen razón.
No sé si los papás ahora son más mamás, pero yo recuerdo a mi papá con su lado femenino bien plantado, y eso que en su época no era usual: mi padre tiene 79 años. No soy un sacolargo, se defendió más de una vez. Cocinar para las hijas, dibujar los mapas de las tareas, ver dibujos animados y hacer el mercado no es subordinación. Es inteligencia afectiva. Era él quien preparaba las loncheras y hacía el desayuno mientras mi madre se vestía y maquillaba para ir a trabajar. Era él quien sabía cocinar humitas de azúcar y de sal rellenas de queso serrano. Era él quien hacía las tortas de cumpleaños: las decoraba con rosas de azúcar que él mismo dibujaba, y siempre preguntaba a sus pequeñas de qué color querían el pastel. Raulito prepara unos toffees tan ricos que hasta hoy espero que mis hermanas lleguen al Perú de visita para que vuelva a cocinar.
GRANDE PA'
Los padres dan seguridad. En la infancia son invencibles. Después uno crece y se da cuenta de que no eran tan altos y tan musculosos, pero en la niñez el papá es un superhéroe. Yo todavía recuerdo las manos gruesas, grandes y calientes de mi padre que me sujetaban cuando cruzaba la pista. Creía que era un gigante. Indestructible. Que era más fuerte que Superman y más ágil que Tarzán (dos de sus historietas favoritas que me enseñó a querer). Papá era poderoso como Zeus, como Apolo o Poseidón, como los dioses que me presentó en libros de mitología. Era capaz de eliminar a los monstruos de mis pesadillas de un solo zarpazo. Era tan valiente que no importaba su aracnofobia, porque él venía con su escoba y mataba a todas las arañas peludas que asustaban a sus hijas. Mi padre teme a los fantasmas (que sí existen), a las almas (que se le despiden), a los temblores (le recuerdan el terremoto del 70) y a los vuelos en avión (cuando lo hace se la pasa rezando). Mi padre es miedoso, pero vence sus temores. Quizá no lo sepa, pero esa fue una de las primeras cosas que me enseñó: Puedes tener miedo, pero atrévete.
Yo tenía 16 años cuando le pedí que se subiera conmigo a la montaña rusa. No le quedó otra que acompañarme, porque efectivamente era el superhéroe, el papá, pues. Tenía 57 años, subió, gritó y bajó tan pálido que cuando mi madre se enteró me dijo: ¿Oye, Mili, no te has dado cuenta de que tu padre ya está viejo y que le puede dar un infarto? No dijo nada, pero le sonrió agradecido a su ex esposa. Nunca más le pedí subir a los juegos mecánicos, pero casi vuelvo a matarlo del susto cuando cumplió 70 años y nos trepamos felices --según yo-- a un bote en las cataratas de Iguazú. Otra vez subió porque prefería acompañar a su cría que dejarla sola. Pobre mi viejo. Pobres los hombres que no pueden decir como las mamás: ¿Qué cosa, hijita? Ni hablar, me muero de miedo. Yo no subo, anda nomás con tu papito. Pobrecillos, siempre machos hasta el final. ¿No se cansan?
UN PAPÁ SÍ PUEDE LLORAR
En una casa de mujeres (cinco hijas ni un solo varón, hasta las mascotas eran hembras), Raulito el dulce (así se llama a sí mismo) era el rey León. No rugía, no levantaba la mano, pero sí marcaba reglas y territorio, sobre todo con los prospectos de yernos. Lo primero: educación. Nunca faltar a clases ni así tuviéramos fiebre (nadie se muere de un resfrío y los cólicos se resuelven con pastillas). Segundo: educación. Es lo único que garantiza la independencia. Mujer que estudia, mujer que no depende. Tercero: educación. Lo que tienes en la cabeza nadie te lo quita. Así son los padres: devotos del estudio. Enciclopedias vivientes. Chancones. Se supone que un papá lo sabe todo.
Efectivamente un papá es el león de la casa, pero con las hijas se deja pisar. Cómo le pintábamos las uñas y le poníamos ruleros y ganchitos cuando se quedaba dormido (o fingía hacerlo). Más de una vez jugamos a que él era un muñeco. Mi padre no pudo jugar fútbol con nosotras. No me llevó al Estadio Nacional, pero sí me enseñó a no perderme ningún mundial. Tampoco jugó trompo ni canicas, pero sí tuvimos conversaciones de hombres cuando tuvimos 'edad'.
Así son los papás: no te enseñan con discursos largos como las madres; ellos prefieren los gestos.
Mi padre no me explicó el significado de la palabra solidaridad, pero lo entendí cuando le sacaba muelas a los pobres sin cobrarles. Tampoco le escuché esgrimir esa frase machista de que los hombres no lloran; pero desde niña aprendí que los hombres son tan sensibles como las mujeres: él llora. He visto sus lágrimas en cada uno de los matrimonios de sus 'hijitas', en los almuerzos de reencuentro familiar. Lo escuché sollozar cuando la selección peruana de vóley perdió la medalla de oro en las Olimpiadas de 1988. Lo he visto llorar en el cine. De pena, de emoción. Yo tenía 7 años cuando lo acompañé a ver Rocky I. Lo recuerdo emocionado con los puños de Balboa, agitando sus brazos. Cuando se prendieron las luces sus ojos estaban aguados. Los míos también.
A mi padre lo he visto quebrarse cuando le detectaron el cáncer y supo que debía entrar a la sala de operación. Para un hombre que jamás se tumbó por un resfrío saber que su cuerpo le jugaba mal fue tremendo. Hace una semana estuvo en Lima y le pregunté cuánto temió aquella vez. Me miró largo y me dijo que pensó que se iba, pero que Dios le regaló más vida. Lo importante es que pedí perdón por todo lo malo que hice, me dijo mientras bebía una manzanilla caliente. Y no dijo más. Estoy segura de que le duele el cuerpo, pero no se queja. Así son los padres: resistentes.
NOMBRES, FIESTAS Y AFICIONES
¿Si hubiera nacido hombre me habrías puesto tu nombre? ¿Acaso Raúl II? Por qué esa bendita manía de los padres de bautizar a los hijos con sus nombres para mantener la dinastía. ¿Y por qué le compran polos de un equipo de fútbol al pequeño que ni siquiera gatea? Está bien que el padre defina aficiones, pero nadie puede ser hincha del Alianza o de la 'U' a la semana de nacido. No exageren. Me gusta leer, escuchar música clásica e ir al cine por influencia de mi padre, pero no fue por imposición sino por contagio. Creo.
¿Y por qué en el Día del Padre regalan licor a los hombres en lugar de flores? ¿Les han visto cara de borrachos o todos los padres son alcohólicos? Protesto. ¿Por qué no les sortean canastas en los colegios? Purita discriminación.
Ahora que eres abuelo, que pronto cumplirás 80 años y que tienes que usar un bastón, aunque no quieras; ahora que no te invito al cine porque temo por tu ojo enfermo y que ya no puedo hacer parapente contigo, déjame decirte una cosa: sé que ya no me puedes cargar como cuando era niña, pero cuando me bendices y dices que rezas por mí, siento que me cargas. Cada vez que luchas contra tu enfermedad me estás cargando, papá. Gracias por todo y que tengas un lindo día.