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SOÑANDO FÚTBOL

Tamboriles hubo...

Uruguay no es el que cuco que pintaban y asoma como un local no tan contundente

Por Jorge Barraza

"Para-parapara-parapara-para-pam-pam-pam". Un conjunto de 30 tamboriles, meta madera y lonja, dio la cálida bienvenida al bus uruguayo al Centenario. Ese redoble que viene del alma del pueblo charrúa retempló seguramente el ánimo de los muchachos celestes.

Alcides Gigghia pisó el césped del templo del primer Mundial y recibió la emocionada ovación de la multitud. El autor del mitológico gol del Maracanazo saludó con una camiseta celeste en la mano. Ambos detalles conllevaban un claro cometido: motivar a la gente y estimular a los muchachos, despertarles el indio que llevan adentro.

No dio resultado. No hubo transferencia de mística. Un Uruguay extrañamente tibio, sin fútbol y, sobre todo, sin esa rebeldía que es marca registrada del futbolista oriental, arrojó dos puntos al mar. Enfrente, una Venezuela tímida, sin avanzar casi nunca, aprovechando integralmente un tiro libre desde lejos, igualó a uno y mantuvo en pie su fábula del crecimiento.

Ni la gélida temperatura ambiente supo aprovechar el cuadro de Tabárez. Y quedó desacomodado en la carrera: solo cinco puntos en cinco partidos. La extrañamente floja actuación uruguaya despertó la ilusión peruana de obtener otro gran resultado en Montevideo, como aquel 3-1 de la Eliminatoria anterior. Pero eso depende de Perú.

"Exageramos una de las vías del procedimiento", reconoció Tabárez. Se refería a los pelotazos aéreos para el grandote Abreu. El pecado de tener una torre como número '9': todos los jugadores levantan la cabeza y mandan el centro. Y se anarquiza el juego de equipo. Una logró bajar el '9' y fue gol de Lugano, pero abusó del centro Uruguay. Y Venezuela opuso una defensa firme, con un arquerazo atento, seguro.

Luego de dos fascinantes juegos de Holanda (la velocidad en su máxima expresión), caímos de nuevo en el desánimo de este tosco, casi barrial Uruguay-Venezuela. Son los vaivenes lógicos del fútbol, si todos los partidos fueran como Holanda 3 Italia 0 y Holanda 4 Francia 1, la gente no comería ni trabajaría, se pegaría frente al televisor. La alineación previa anunciaba un Uruguay superofensivo: línea de tres, Pereira como carrilero por derecha; dos de marca en el medio (Pérez y Gargano) y luego, cuatro ofensivos: González creando, Suárez, Abreu y Forlán en punta. Eso fue lo que anunciaban las radios, las fotocopias que se reparten a la prensa. La realidad fue otra. Forlán jugando a 40 metros del arco, Suárez casi en la línea de volantes, González apenas pasada la media cancha.

Los duendes del Centenario, aquellos que duermen con la gloria, se fueron a dormir temprano, tapados hasta las orejas con una docena de sábanas. Otra vez será.

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