PINTURA Lourdes Correa
Por Alberto Revoredo
Todo comenzó entre arena y dunas, allá donde los vientos viajan libres, mientras las frías corrientes oceánicas discurren paralelas a la costa. Así fue durante un tiempo, hasta que la lluvia descendió de las alturas para fecundar la tierra con gotas de omnisciencia. Aparecieron algunos troncos, las primeras hojas, y luego los árboles; y ella, deslumbrada por la naturaleza, seguía pintándolo todo.
Como una metáfora de vida, continuó profundizando y se aventuró en las raíces. Una vez más, de arriba hacía abajo, se deslizó por el robusto madero, penetró el suelo y llegó al subterráneo mundo de las hormigas. Ese camino no es fácil, es oscuro e inevitablemente hay que sortear rocas de todos los tamaños; solo así se puede comprender el verdadero equilibrio y armonía de todos los elementos.
Su pintura se nutre de todo esto -- así como lo hacen las raíces de agua, anhidrido carbónico y energía luminosa solar -- y se traduce en colores fríos y cálidos, que rememoran los grises del desierto que los vio nacer, y que celebran con naranjas, azules y rojos el desenfreno de un lujurioso universo. Como ha escrito el poeta Antonio Cisneros de la artista Lourdes Correa, refiriéndose a su obra: "No son cuadros, son parcelas de tierra después de la lluvia, esa tierra donde habitan nuestros muertos y en la pintura vuelven a vivir".
Por si los bosques no fueran suficientemente enigmáticos, la artista introduce otro elemento en su pintura: muros, rejas y mallas; lo significativo es que este nuevo ingrediente remece el patrón naturaleza y desata nuevas preguntas.
¿Qué significa la flexible malla que ha aparecido para cercar parte de estos bosques? -- se pregunta Mirko Lauer en la introducción del catálogo que precede esta muestra. Acaso es un límite que se adecúa a y a la vez define una porción de realidad, un espacio que es a su vez lo único social en el cuadro. Nadie puede entrar allí, a un espacio que no sabemos si ha sido abandonado, o si todavía espera la llegada de alguien, dice Lauer.
AREQUIPA
"Durante años me ha impactado el desierto peruano, varias de mis exposiciones abordan este tema. Después busqué otro camino, el de la naturaleza ligado al crecimiento de los árboles y las hojas. Empecé en ese orden, haciendo troncos, luego hojas, y finalmente mi última exposición fue de puras raíces", explica la artista, que inaugura mañana una nueva exhibición de su obra, esta vez en la galería de arte del Centro Cultural Peruano-Norteamericano de Arequipa.
"Esta muestra no es una retrospectiva pero incluye cuadros de otros años, desde el 2002 inclusive. La mayoría son obras de mi última exposición, y algunas pinturas nuevas que he preparado especialmente para esta exposición. Son en total 25 cuadros, trabajados en técnica mixta: acrílico y óleo", agrega Correa.
"Creo que las raíces marcan nuestra identidad, son el camino que sembraron los que nos precedieron y dieron nuestro origen Es a través de la pintura que busco estas raíces. En el tiempo voy grabando imágenes de hojas, arboles y raíces que se almacenan con fuerza en mi memoria y que van tomando en la pintura las formas que les corresponden. Todo lo que pinto viene de esa memoria, las hojas me motivan por su color y estructura, los troncos por su solidez, las raíces por-que buscan su camino y se entrelazan con las dunas, que viven en mis recuerdos más antiguos, que sigo viendo y nunca abandonaré", añade.