Por: Juan Paredes Castro |
Por lo visto, los grupos políticos representados en el Congreso han dejado para otro momento la tarea de salvar la imagen gravemente deteriorada de este poder del Estado.
Esperábamos que lo consideraran un deber prioritario digno de la mejor causa.
Pero están más bien preocupados por la manera y la oportunidad con que deben tirar los dados en la nueva carrera de reparto de cargos legislativos, incluida la presidencia de la Mesa Directiva.
Es que para muchos de ellos no hay opción distinta que la de entregarse enteros al azar de las coyunturas sucesivas o a los proyectos particulares por los que apostaron desde el primer día: no precisamente democráticos, pero que se sirven del "sistema democrático".
De ahí que este Congreso, hoy en receso y sin Comisión Permanente que resuelva en lugar del plenario, sigue siendo lo que los partidos políticos y sus representados en él quieren que sea.
Hubiera sido ideal ver en estos días una reivindicante junta de portavoces parlamentarios, esforzándose por amarrar algún tipo de consenso destinado a construir una futura agenda legislativa, digna de la recuperación de confianza de la gente.
Lamentablemente esto no ha pasado por la cabeza de ninguno de los aludidos.
El Apra ha descartado, de entre sus filas, la candidatura del controvertido Luis Negreiros y ha puesto a calentar a fuego lento la de Javier Velásquez. Unidad Nacional vacila entre plegarse a este o forzar una postulación propia. En el primer caso prácticamente aseguraría la posición aprista, sobre la base de más afinidades que discrepancias. En el segundo caso abriría las puertas a una opción opositora de todas las tendencias, con lo que la presidencia de un Javier Bedoya o de una Lourdes Alcorta pagaría el alto costo de presiones variopintas, desde el fujimorismo impredecible hasta el humalismo desestabilizador.
Los dados en suerte están pues en manos no solo de los aspirantes presidenciales y vicepresidenciales de más arriba sino también de los de más abajo, de cuanto destino de comisión se cruce en sus caminos. Juegan por supuesto al golpe político tradicional, capaz de proporcionar las ventajas y figuretismos propios de un par de legislaturas, de julio a julio.
Este es el escenario inaugural de un período legislativo que justamente no presenta el menor signo de estar en función de producir mejores leyes ni de ejercer un mejor control del Poder Ejecutivo y de los asuntos de Estado.
Con los dados políticos tradicionales sobre la mesa, no hay nada que en los próximos días pueda sorprendernos.