Por Yolanda Vaccaro. Corresponsal
SANTILLANA DEL MAR, ESPAÑA. Un alegato para fustigar a los críticos y a los llamados escritores intelectuales que pretenden sentar cátedra: eso fue lo que pronunció ayer el escritor Arturo Pérez-Reverte en la última jornada de "Lecciones y maestros", foro organizado por la Fundación Santillana y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en Santillana del Mar. El ciclo fue inaugurado el lunes por Mario Vargas Llosa.
Pérez Reverte defendió la escritura como un mero acto de felicidad que emprende no para dar lecciones morales a nadie, sino simplemente para satisfacción propia y de los lectores. Leer, escribir y navegar es el horizonte de felicidad de este autor, el escritor español que alumbra los libros más vendidos de nuestros días, con quince millones de ejemplares facturados. Novelas suyas como "La carta esférica", "El club Dumas" o "La tabla de Flandes" son 'best sellers' en Europa y América.
Con toda la intención del mundo y ante un auditorio tan perplejo como divertido, señaló: "Escribo porque soy lector, y lo que busco es contar historias de la forma más eficaz posible, que la gente se sienta proyectada no es cosa mía. Escribo porque me gusta escribir, así vivo otras vidas además de la mía. Escribo porque sí, porque me pagan, por lo que sea. No pretendo ser referente moral ni partero intelectual de nadie. Cuento historias sin sentarme cada día a pensar en el pesado fardo de la responsabilidad y la gente las lee, de momento. Me importa un rábano el futuro de la novela".
En esta línea Pérez-Reverte se proclamó novelista accidental, lector contumaz. Indicó: "En lo mío no hay mucho arte. El lado solemne de la literatura se la dejo a los críticos. Solo me preocupan mis propios problemas narrativos. No hay un método ni un sistema para leer o escribir. Escribir una novela es escribir una historia. No desnudo mi alma en las entrevistas ni me quejo de que el mundo no me comprenda".