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CARTAS DEL FIN DEL MUNDO

La chica Cosmo

Por Maki Miró Quesada

--¿Esa que está sentada allí en el fondo no es tu amiga?--, le pregunto a mi interlocutora que acaba de llegar al restaurante para almorzar conmigo.

--¿Cuál, la de la chompa azul? Ah sí, es la chica Cosmo--, me contesta sonriendo,

--¿Cómo Cosmo?

--Así le pusimos allá por los años ochenta porque estaba abonada a la revista "Cosmopolitan" y se la leía religiosamente de tapa a tapa. Trabajaba en un banco y soñaba con casarse "con un marido que me lleve a Estados Unidos, porque aquí esto no es vida" me decía. En una de esas llegó un grupo de importantes hombres de negocios extranjeros a Lima e invitaron a salir a algunas de las chicas del banco. Dos no aceptaron porque los encontraban un poco veteranillos pero la chica Cosmo me dijo que aunque no tenía tiempo de cambiarse ni de ir a la peluquería ella igual iba a salir con ellos porque "una chica Cosmo nunca rechaza una primera cita, tú nunca sabes cómo puede resultar y si en esa cita no conoces al hombre de tu vida, por ahí conoces al que más adelante sí te presenta al hombre de tu vida, etc., etc.". Los de Cosmopolitan conocían bien su mercado porque de hecho esa noche uno de los visitantes se quedó prendado de ella y seis meses más tarde se casaban y se ella se iba a vivir al norte.

--¿A los Estados Unidos?

--¡Qué va!--, me dice riendo, --a Cuernavaca nomás, el tipo era mexicano.

--¿Y tú, la seguiste viendo? Porque está mira que te mira pero no te saluda.

--Al principio sí, hasta fui un par de veces a visitarla a México. Vivía en un casa estupenda rodeada de lujos y su marido estaba muerto por ella. En esa época yo andaba metida en una historia sentimental que no iba a ninguna parte con un hombre que solo vivía para la política. La chica Cosmo decidió darme una gran comida para presentarme a sus amigos mexicanos y yo la acompañé al mercado a hacer las compras. Cuando llegamos al puesto de aves me espetó a boca de jarro: "Esto no es como Lima, aquí la carne es muy común y barata, lo fino es servir pavo que es carísimo", y continuó diciendo de una manera que no admitía réplica mientras elegía un plumífero gigante, "pero yo estoy apostando que tú al final te vas a casar con tu político, que además es regio y que de seguro llega a presidente del Perú y vas a ser la primera dama". Esta afirmación hecha sin el menor asidero y sin el menor asomo de duda me dejó sin respuesta; en esa época nada me parecía menos probable y mirando al enorme y no deseado pavo sentí que adquiría una deuda impagable. Durante años me atenazó la culpa de haberme comido el pavo sin haber podido seducir al político y sentía que año a año mi deuda con la chica Cosmo crecía. Pero además de tener convicciones profundas la chica Cosmo resultó ser una visionaria y diez años más tarde yo andaba rumbo al altar comprometida con el susodicho político que finalmente había decidido que no podía vivir sin mis huesos. En una visita que hicieron a Lima el mexicano y su esposa les armé una cena en su honor de rompe y raja con manteles largos, velas y flores y la senté a la derecha del futuro presidente. Al pasar al comedor le dije sonriendo y muy aliviada: "Ya puedes estar contenta, ya te pagué el pavo", a lo cual me contestó con los ojos muy abiertos: "¿De qué pavo me estas hablando?". Cuando traté de recordarle el tema me negó todo y me di cuenta de que no tenía el menor registro de un episodio que durante una década casi me quita el sueño--, termina contándome con una gran sonrisa

--¿Y luego que pasó?--, le pregunto curiosa

--Pues nada. El susodicho nunca llegó a presidente, y además se casó con otra.

--¿Y la chica Cosmo?

--Jamás volvió a dirigirme la palabra.

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