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LAMBAYEQUE. SU CURIOSIDAD POR LA NATURALEZA LO HIZO TROPEZAR CON UN PETROGLIFO QUE TIENE HISTORIA

La piedra que se le cruzó en el camino

La curiosidad por ver de cerca tres hermosos cóndores que habían anidado en la copa del cerro Samillán fue lo que impulsó a Francisco Díaz a emprender una larga caminata, que le permitió encontrar por casualidad un petroglifo de singulares características y que podría ser considerado el más grande que existe en nuestro país o al menos en la zona norte.

La ilusión por contemplar el majestuoso vuelo de las aves resultó infructuosa para Panchito, quien emprendió el regreso a su vivienda en Pátapo, pero antes optó por degustar el fiambre que había llevado para la excursión.

Un poco cansado por el esfuerzo de subir hasta el cerro, Panchito decidió recostar su humanidad sobre una enorme roca que estaba en su camino de regreso, en las inmediaciones del cerro Pan de Azúcar.

Habían transcurrido diez minutos de estar en la zona, cuando un nuevo impulso hizo que Panchito se pusiera de pie para contemplar las gigantescas moles que lo rodeaban.

De pronto algo llamó poderosamente su atención. Basado en experiencias anteriores, en las que descubrió otros petroglifos cerca del Camino Inca que cruza por el distrito de Pátapo, Francisco quedó petrificado al darse cuenta de que sobre la parte superior de la roca donde minutos antes descansaba había nada menos que dibujos y diversas inscripciones en alto relieve, nunca antes registrados.

Los gritos de felicidad lanzados por el explorador atrajeron a algunos pastores, entre ellos a Clara Rubio Quintana, una pobladora del lugar que en ese momento se encontraba vigilando algunas cabras para evitar ser víctima de los abigeos que merodean por allí.

En la zona de Pátapo y La Puntilla, distrito de Chongoyape, se puede encontrar una gran variedad de petroglifos. Uno de los más conocidos se llama Cabeza de Iguana, además de otros vestigios que permanecen en el cerro Mulato.

LA VOZ DE LOS EXPERTOS
Pasada la emoción, Panchito pidió un día de permiso a la empresa agroindustrial Pucalá donde trabaja como peón. De inmediato se dirigió al Museo Tumbas Reales de Sipán en Lambayeque para contar la buena nueva a los arqueólogos Walter Alva e Ignacio Alva Meneses.

"Seguro que es uno de los petroglifos que ya se conocen", le dijo un tanto incrédulo Ignacio Alva, quien luego de varios días de análisis en campo determinó que se trataba de un verdadero hallazgo de aproximadamente 3.500 años de antigüedad, que mide 6,30 metros de largo por 5,7 metros de ancho.

Se trata de una piedra que sirvió como un altar de culto al agua y se encuentra estratégicamente ubicada en el centro de un paraje sagrado, en el corazón de un bosque de montañas de las que nace una quebrada que alimenta el caudal del río Chancay, un lugar donde solo los afortunados de la época tenían acceso.

El investigador Ignacio Alva dijo que lo hallado es una 'paccha' (altar de culto) que recrea el génesis a partir del agua, la cual discurre perfectamente organizada a través de figuras serpenteantes, que terminan su recorrido en la parte más baja del bloque pétreo.

"Gracias a este hallazgo se podría entender el complejo simbolismo ligado a los altares de culto al agua, que como otros poseen espejos astronómicos que coinciden con el alineamiento de algunas constelaciones que existen en el firmamento", opinó el arqueólogo.

Agregó que para las culturas antiguas, la búsqueda de los parajes sagrados era una necesidad fundamental para dirigir la religión en función de los eventos naturales.

"El petroglifo se encuentra más o menos conservado y es necesario preservarlo porque nos brindará abundante información. Aún hay cosas por descifrar", adelantó el investigador Alva Meneses.

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