HABLE CON ELLA
Por Marcela Robles
En el 2009 se cumplen 20 años de la muerte de Samuel Beckett (Dublín, 1906-París, 1989), quizás el mayor exponente del llamado teatro del absurdo, poeta y gran novelista. El merecedor del Nobel de Literatura en 1969 inicia su libro "El innombrable", parte de la trilogía que forma con "Molloy" y "Malone muere" con las siguientes preguntas: "¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora?", que me toman por asalto releyendo el más reciente libro de Carmen Ollé, "Retrato de mujer sin familia ante una copa" (Peisa 2007).
Desde el saque, Ollé nos compele a salir en busca de lo que desconocemos, y de emociones que no nos hemos atrevido a vivir. Pero la verdadera interpelación al lector se inicia con otra pregunta. Cito: "¿Alguien recuerda a Beckett? Quien olvida a Beckett olvida abrir los ojos, si eso es posible. No amar a Beckett equivale a un infundio. El narrador debe ingeniárselas para no caer en el punto muerto en que leer a Beckett es como hacer el amor sin amor".
Al igual que en los textos del dublinés, discípulo y amigo de Joyce, hay en el reciente libro de Ollé un vértigo tanático, que es uno de sus ejes fundamentales: la atracción por el abismo, por la belleza perturbadora de la muerte. No es en vano la frase que le da inicio: "Hay un puente en Lima que abre los ojos de los mortales ante la verdad de la vida". Este delicado y punzante relato mezcla con una suerte de humor la tragedia y la cotidianeidad como parte de lo mismo. Un humor elegante y discreto que se refiere por un lado a los alucinados amantes del suicidio, y paralelamente a la terrible posibilidad antiestética de que el municipio "le quite las alas al puente Villena y lo haga volar en mil pedazos para construir en su lugar un vulgar monumento al suicida desconocido".
Así, ángeles y fantasmas transitan en una misma habitación, que en este caso es Lima, su ciudad. Las abundantes citas a numerosos autores son los pilares que sostienen el gran edificio de este universo literario que forma el equipaje cultural, intelectual y apasionante de la autora. ¿Qué hubiese sido de su vida sin ellos? A lo mejor, sería otra. Cosa que ya se preguntaron antes grandes escritores. "Yo, es otro", escribió Rimbaud, "es un error decir: pienso, habría que decir: me piensan".
El interés que nos despierta "Retrato de mujer..." no proviene de la curiosidad por el argumento, ni por averiguar cómo termina la historia de amores contrariados. El interés se suscita debido a la brillantez de la prosa, y especialmente de las vivencias "no canibalizadas" por la autora, entramadas a la perfección con la literatura. Porque en verdad se trata de un libro filosófico, atorrante y desvergonzado, que nos embiste con su falta de pudor, de miedo y de artificios. Un objeto de alto voltaje, mezcla inclasificable de varios géneros hilvanados como ella misma dice por su ángel de la guarda.
En cuanto a Beckett, ya saben cómo comienza "El innombrable". Y termina nada menos que así, ahí se los dejo, para que ustedes lean todo lo que está en el medio: "Quizá me llevaron ante el umbral de mi historia, ante la puerta que da a mi historia... en el silencio no se sabe, hay que seguir, voy a seguir".