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El divino Mozart

Por José Quezada Macchiavello

Por regla general un concierto dedicado a cualquier compositor sumamente conocido es un gran riesgo, pues puede llegar a carecer de interés en la medida en que lo que se escuche termine siendo una lectura simplemente aceptable o 'limpia', que puede producir inclusive una sensación de tedio. Este riesgo lo corren los intérpretes y apuestan a lo muy conocido, con la idea de que el público puede engancharse más. Aunque por regla general ocurre que el repertorio es interesante para quien lo ejecuta, ciertamente, pero no necesariamente para quien escucha la versión.

Los conciertos de la Sociedad Filarmónica apuestan generalmente a un repertorio 'clásico', que es el que supuestamente interesa a su público cautivo. El resultado en varias oportunidades resulta feliz. Tal ha sido el caso de la reciente presentación del Cuarteto del Mozarteum (proveniente de Salzburgo) íntegramente con obras de Mozart.

Escuchamos una imaginativa y coherente recreación de tres obras, correspondientes a épocas distintas del divino Mozart (más bien uno de los genios más tocados por lo divino). Abrió el programa el fresco y juvenil (aunque Mozart siempre es así) Cuarteto Nº 1, compuesto a los 14 años. Mozart entonces, a pesar de su corta edad, exhibía un extenso catálogo con sinfonías, conciertos, misas, digno de cualquier compositor de gran oficio con varias décadas de experiencia creando. El espíritu galante, 'rococó' de la partitura fue expuesto en una versión liviana y chispeante, técnicamente perfecta, poniendo en relevancia una gran cohesión entre los miembros del cuarteto.

El siguiente cuarteto fue el número 421 en el catálogo Koechel, en re menor. Un tanto sombrío e impregnado del "Sturm un Drang", como ocurre cuando Mozart escribe en tonalidades menores, anticipa en cierta medida a Schubert, o más bien revela la 'quasi' dependencia que el maestro de los lieder tuvo de su antecesor salzburgués. La obra es además una evocación de la música barroca, que incluye la tercera de picardía con la que culmina. Es tensa e imponente, sin perder esa maravillosa liviandad del ser mozartiano. El Cuarteto del Mozarteum transmitió esa carga de contradicciones y tensiones, resueltas con un profundo sentido del equilibrio y lo verdaderamente clásico.

Culminó el programa con el fascinante Cuarteto en Do mayor KV 465, "De las disonancias", dedicado a Haydn (con otros cinco). Obra de excepcional textura polifónica, compuesta para los entendidos de la época, sin embargo alejada de cualquier formalismo vacío, que nos hace pensar que lo romántico, ya en la penúltima década del siglo XVIII, vivía no solo en los espíritus de los literatos, sino también en ciertos músicos dotados de excepcionales capacidades de intuición, como se percibe en muchos momentos de Mozart y Haydn, lo que nos lleva a la certeza de que las cronologías y las sucesiones de las tendencias en el mundo de las artes son bastante relativas.

Fue un recital gratificante y recreativo, capaz de suscitar tanto una contemplación estética como reflexiones de alguna profundidad. Algo que solo la buena música, bien interpretada y recreada, puede producir.

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