Por Renato Cisneros
Más que dirigentes, lo que necesitamos en la Federación Peruana de Fútbol son samuráis. Ellos también podrían fracasar en su intento por resucitar un deporte moribundo, pero por lo menos habría dignidad en su gestión. Como se sabe, antes de ver su vida mancillada por la deshonra (digamos, una goleada 6-0), un samurái recurriría al hara-kiri y se daría muerte, pues no soportaría la idea de continuar con una vida ajena a la decencia. Con un dirigente peruano estereotípico no pasa eso. Aunque el país entero se lo reclame, el dirigente se hace el tonto y, lejos de practicarse un hara-kiri ético, se esconde en un silencio que, más que estratégico, resulta cobarde.
Espero que esta idea no sea mal interpretada, pero creo que el 6-0 ante Uruguay es lo mejor que le ha podido ocurrir al fútbol peruano. Es la hecatombe que hacía falta para darnos cuenta de nuestra condición de damnificados. Un empate o, peor, un triunfo hubiera significado ajustar más la venda que nos tiene ciegos hace treinta años y que nos lleva a cruzar los dedos para que la selección, en una noche, vuelva a ser lo que algún día fue: ese hipo de los años 70.
Me dan risa esos hombrecillos que ahora renuncian creyendo que con eso resarcen sus estropicios. Si Silva, Mallqui, Burga y demás ineficientes en realidad quisieran contribuir con el fútbol, tendrían que retirarse de la actividad y dedicarse, qué sé yo, a la ebanistería o la cría de aves de corral. Lo que sea, pero que se mantengan lejos de la dirigencia. Sin la decencia de los samuráis, no nos sirven para nada.