Por Richard Webb
Los guaraníes de Paraguay creían en la existencia de una tierra sin mal, y las tribus esporádicamente migraban buscándola.
La añoranza del paraíso parece estar en el subconsciente humano; aunque pocos buscan el jardín de Edén, muchos han creído en la posibilidad de crearlo. Platón dibujó un prototipo en su República ideal y Tomás Moro inventó el término utopía, ironía porque significa a la vez lugar bueno y lugar inexistente. Algunos experimentos utópicos han sido inspirados por el cristianismo y por el socialismo, desde los monasterios hasta los estados comunistas de China y Cuba. Hoy emulamos a Moro riéndonos de los utópicos, pero somos devotos del culto al progreso. Sin embargo, ni el rechazo irónico ni la credulidad nos iluminan. Aprendamos más bien del caso de un experimento utópico que llegó a ser una referencia para pensadores como Voltaire, Montesquieu y los creadores del socialismo europeo, el de las reducciones jesuitas creadas, justamente, entre la población guaraní en los siglos XVII y XVIII, y donde, además, un sacerdote peruano, Antonio Ruiz de Montoya, jugó un papel protagónico.
La concentración de las tribus en nuevos pueblos, o reducciones, fue una estrategia misionera que se adaptó a la cultura guaraní, aunque no a la de otras tribus. La labor de catequismo de un reducido número de sacerdotes se frustraba ante la vastedad del territorio, la dispersión de la población y el fácil regreso a las creencias nativas. Reubicada la población en pueblos, el cristianismo se afianzó con la ayuda del tiempo, la presión social y la legitimidad adicional que provenía de los avances económicos y sociales que generaban la ciencia y la diligencia jesuita.
Una táctica decisiva de los jesuitas para el convencimiento de las tribus fue el aprendizaje del idioma guaraní, destacando la obra lingüística de Ruiz de Montoya, quien creó un diccionario y un catecismo guaraní.
Desde 1610 se crearon más de treinta reducciones a lo largo de siglo y medio, cada una un modelo de planificación urbana, de desarrollo artesanal y agrícola, de medicina avanzada para la era y de seguridad social. Caminos y flotas de embarcaciones conectaban a los pueblos y los unían a las ciudades capitales. Con imprentas propias suplían la necesidad de material de lectura. La economía era principalmente de subsistencia, pero la abundancia de ganado y el cultivo de la yerba mate hicieron posible la exportación de cueros y del llamado té jesuita.
Sin embargo, el paraíso de la reducción era el de un jardín de infantes. Partía de un concepto de los indios como menores de edad, y se caracterizaba por el paternalismo y la segregación. Como precaución contra el abuso y la enfermedad, se practicaba un apartheid, excluyendo de la reducción a todo español, excepto a los sacerdotes jesuitas.
La época y la región les eran hostiles al indio, y las reducciones debieron sobrevivir como islas protegidas en un mar de traficantes de esclavos y de autoridades y hacendados abusivos. Ruiz de Montoya viajó a Madrid y consiguió permiso para armar a los indios, y las reducciones pudieron defenderse militarmente; pero su eficacia militar los convirtió en ejército al servicio de las autoridades españolas. El experimento terminó con la expulsión de los jesuitas en 1768, y desde entonces se debate si el modelo jesuita pudo haberse convertido en un paraíso para adultos.