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¿Cómo es eso de que "yo me juego por el Gobierno"?

Por: Juan Paredes Castro |

El parlamentario aprista Javier Velásquez Quesquén no tiene hasta hoy rival con quien disputar la presidencia del Congreso, lo que es doblemente malo.

De un lado, porque sentirse solo en la lid no le permite medir bien sus posibilidades y limitaciones y podría empezar a adquirir tal grado de arrogancia que luego, como suele ocurrir entre los políticos peruanos, no habrá quién lo detenga.

De otro lado, porque la indefinición de posturas dentro de la alianza Unidad Nacional y de otras agrupaciones acrecienta el temor de que finalmente Velásquez termine siendo designado presidente casi por aclamación.

Dentro de tales circunstancias, el camino hacia la presidencia del Legislativo no demanda del mayor esfuerzo que pueda desplegarse sino del mínimo. De ahí que Velásquez declare, muy suelto de huesos en entrevista con El Comercio, que una vez llegado al poder "se la jugará por el Gobierno".

Si Velásquez piensa que va a pasarse todo el tiempo de escudero del presidente Alan García, como muchos parlamentarios de Perú Posible lo hicieran con Alejandro Toledo, sería mejor que declinara su postulación a favor de quien, dentro o fuera de su partido, simplemente aspire a jugarse entero por el Congreso.

Las desafortunadas declaraciones del parlamentario aprista revelan, en el fondo, la ausencia de vocación política para mejorar cualitativamente el papel del Congreso, desde la presidencia de su Mesa Directiva hasta la presidencia de sus comisiones. Generalmente hay quienes llegan a estos cargos por desviación, pudiendo desempeñarse en otros con mayor responsabilidad y éxito.

El otro elemento ingrato en las palabras de Velásquez radica en su total falta de identificación con la independencia y autonomía del Legislativo frente al Ejecutivo. ¿Cómo puede pretender presidir el Congreso quien desde ahora está preocupado por defender al Gobierno? ¿Y el control y la fiscalización que debe ejercer sobre él?

Distinto sería escucharlo decir que lo que quiere es garantizar la gobernabilidad del país. Pero esto no ha salido de sus labios. Quién sabe ni lo esté pensando.

Es una lástima que los legisladores no deseen hacer del Congreso más que lo de siempre: usarlo para sus propios fines políticos, sin aportes ni desprendimientos grandes.

No tenemos, pues, mucho que esperar de la nueva legislatura, excepto la frustración que nos depara el hecho de no saber con qué sistema político vamos a sostener en los próximos años el acelerado crecimiento económico del país y la expansión de nuestros mercados de comercio e inversiones.

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