Nadie puede estar en desacuerdo con el plan de desarrollo urbano de Lima Metropolitana, que es clamorosamente exigido por los vecinos. La capital de la República, que concentra a un tercio de la población nacional, tiene que ordenarse, modernizarse, proyectarse y ponerse al día para servir mejor a sus residentes, como enfatiza el proyecto del alcalde Luis Castañeda.
Sin embargo, dicho esto tenemos que expresar, precisamente en nombre de esas mayorías, la molestia, desazón y hasta indignación que causan las descoordinaciones, postergaciones y falta de transparencia en la ejecución de las obras.
Hay que apelar a la comprensión de los ciudadanos, que deben aportar una cuota de sacrificio mientras duran las obras para soportar calles cerradas y polvorientas, tráfico caótico, más tiempo de desplazamiento y pérdida de horas-hombre. Lo mismo pasó hace cuatro décadas, cuando el entonces alcalde Luis Bedoya se lanzó a construir la Vía Expresa, proyecto que mereció una y mil críticas, pero sin el cual el tránsito sería un verdadero desastre.
Pero lo que enerva y es criticable hoy es la falta de coordinación entre las distintas entidades municipales, y la insuficiente información sobre plazos y montos de obras. Tampoco son aceptables las contramarchas en los anuncios sobre cierres de calles ni la incomunicación entre el concejo y la Policía Nacional, para asegurarse de que haya más control policial donde haga falta.
La Municipalidad Metropolitana de Lima tiene que entenderse mejor con los vecinos, a través de los medios de comunicación. Ello implica que el alcalde asuma responsabilidad ante sus electores, ponga orden en sus estamentos internos e implemente políticas de apertura, transparencia y comunicación constante, directa y on line con la prensa y los vecinos.