La situación del fútbol peruano va de mal en peor. A la escandalosa y sospechosa ineficiencia de la dirigencia de la FPF y del seleccionado nacional, se agrega el violento resurgimiento de las barras bravas, atizado por el anunciado encuentro entre Universitario de Deportes y Alianza Lima, el llamado clásico del fútbol peruano.
Esto último configura una situación de pronóstico reservado, que demandaba un plan de emergencia. A la tradicional rivalidad entre los clubes, se añade que el jueves último se haya producido el asesinato de un barrista de Universitario de Deportes y ayer mismo se dieron fuertes enfrentamientos entre barristas.
Saludamos que finalmente se haya impuesto la sensatez y que los dirigentes de ambos clubes, en coordinación con el sector Interior, hayan decidido postergar el partido hasta el 6 de julio, lo que debería hacerse en cancha neutral. Posiblemente habrá complicaciones en el fixture; la vida está por encima de todo. Ahora los dirigentes de ambos equipos deben tender puentes de entendimiento constante y cordial para mejorar las relaciones entre ellos.
Pero de continuar la violencia, habría que tomar medidas drásticas para romper esa nefasta ligazón que quiere arraigarse entre fútbol y violencia, como han hecho otros países exitosamente.
En Inglaterra, por ejemplo, hasta hace pocos años la palabra 'hooligangs' era sinónimo de fanáticos del fútbol desaforados que destrozaban estadios, propiedad pública y privada, y se enfrentaban violentamente a los contrincantes y a la policía. Hoy el término ha pasado prácticamente a la historia, luego de drásticas medidas que incluían sancionar y mandar a la cárcel a los cabecillas, vetar estadios, jugar partidos del torneo local en otros países, decomisar pasaportes y controles coordinados con la Interpol, etcétera.
La violencia urbana es una grave patología de nuestros tiempos que debemos combatir con todos los medios legales posibles, denunciando a los exaltados y violentistas que aprovechan el anonimato de la masa enardecida para sacar lo peor de sí. Y la responsabilidad principal, nuevamente, es de las autoridades; pero sobre todo de los dirigentes de los clubes, llamados a castigar cualquier desvío violentista y a hacerse responsables por ello. Bien por el ejemplo de diálogo y cordura de ayer entre la U y Alianza.
La tarea es ardua, pero absolutamente necesaria para restaurar las bases de una cultura deportiva de sana afición y entretenimiento y garantizar la paz social, amenazada por violentas barras.