Por Sandro Fuentes Acurio [Abogado tributarista]
Tendría algo de ingenuidad si nos asombráramos por lo ocurrido en Moquegua y, por cierto, no me refiero a la actuación de la Policía, pues no soy novelista. El asunto es lo obvia que se hace la violencia como método popular para exigir recursos económicos o que alguien pague por o no se lleve 'sus' recursos naturales, lo que incluye empresas nacidas de expropiaciones o fundadas por el Estado. En otras palabras, el mitin para proteger recursos que Dios puso en un lugar o que otros invirtieron y que los de la muchedumbre ni crearon ni invirtieron y estoy seguro de que en su enorme mayoría tampoco tributaron, pero que a punta de pedradas resultan ser "del pueblo".
Nada tan previsible como este caos desde que nació esta regionalización invertida: se creó por decreto y luego se vio si tendría recursos para cumplir alguna función. No había duda, por tanto, de la gigantesca brecha que se estaba abriendo entre la realidad y las expectativas de poblaciones tantas veces defraudadas, pero igualmente esperanzadas en salir de la pobreza, pero a costa del Estado y no de su propio esfuerzo, es verdad.
Desafortunadamente no es irrepetible tal escenario de violencia, donde todos a una se lancen a dar de palos al presupuesto nacional hasta romperlo, porque ese es finalmente el concepto de chorreo que tienen los dirigentes de estas masas empobrecidas y furiosas. Mientras tanto, el sentido unitario de la República se menoscaba tanto como el ejercicio de su autoridad.
No se puede abogar para que las regiones tengan, por ejemplo, capacidad para crear tributos, pues si así fuera esta columna se estaría leyendo en la ex República Peruana, y sí más bien porque se comience un proceso sensato de descentralización de la inversión pública en infraestructura, destinada a las regiones económicamente viables. Ello podría incluir una de las propuestas más serias y trascendentes que he escuchado en los últimos 40 años y que no sé si su autor, Alan García, estará madurando. Y no es otra cosa que reagrupar a las poblaciones pobres, aisladas y a las que ninguna asistencia llegará jamás con eficacia.