Por Renato Cisneros
Unos amigos se juntaron ayer para ver --piqueos y cervezas de por medio-- la gran final de la Euro. Yo no. Yo me até a una silla y me vi completito el Minero vs. Cristal. Un bodrio, claro, pero ese ha sido mi acto de penitencia de hincha masoquista. Si todos tenemos algo de responsabilidad en el reciente deceso del fútbol peruano (unos más que otros, evidentemente), ya va siendo hora de asumir nuestra parte de la culpa.
Los dirigentes --como sugerí la semana pasada-- tendrían que dedicarse a oficios como la alfarería o el pastoreo durante, por lo menos, veinte años. Los periodistas tendrían que limitarse a la cobertura del tenis, la tabla y la equitación. Y los hinchas, pues tendríamos que castigarnos viendo los partidos del Descentralizado, que ni siquiera deberían ser narrados ni comentados, sino simplemente televisados, como si fuesen una comedia muda. Nada de calmar nuestra aflicción haciendo zapping hacia el fútbol internacional. Nada de idolatrar a jugadores foráneos. Nada de contemplar en la pantalla ajenas representaciones de la felicidad futbolística (como la de España). Hay que ver la mugre que nos corresponde, olisquear la alcantarilla, patalear en el lodo. Ese es nuestro castigo. Que los padres les compren a sus hijos la camiseta del 'Bidón' Neyra, no la de Fábregas. Que los hijos les pidan a sus padres los chimpunes de Chiroque, no los de Messi. Que los conductores de TV nos hablen de las opciones de Cristal, no de la irregularidad de Alemania.
¿Qué conseguimos con eso? Primero, aclimatarnos a nuestra indigencia (y hasta tomarle eventual cariño), y, segundo, ahuyentar la locura y el resentimiento que cualquier comparación con el extranjero dejaría como saldo.