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ANÁLISIS

La xenofobia no discrimina

Por Farid Kahhat. Analista internacional y catedrático de la PUCP

Desde una perspectiva electoral, los partidos ecologistas (v.g., los Verdes) siempre fueron una fuerza menor en la política europea. El umbral de los dos dígitos ha sido para ellos un ideal lejano y esquivo. Pero tal vez su desempeño electoral no sea la mejor forma de evaluar su trascendencia política porque los Verdes contribuyeron a cambiar la agenda pública de una manera sustantiva. Cuando a fines de los setenta comenzaron a advertirnos sobre problemas exóticos para el común de los mortales, como el deterioro de la capa de ozono o el efecto invernadero, la mofa soterrada atravesaba el conjunto del espectro político. En mayo pasado, en cambio, los temas ambientales estuvieron en el centro de la agenda en la cumbre entre América Latina, el Caribe y la Unión Europea (UE).

Lástima que en aquella oportunidad la UE decidiera excluir de la agenda el tema migratorio, dado que ya existía entonces un acuerdo preliminar sobre la controversial directiva del retorno. Tema que permite hacer una analogía con lo dicho en torno a los partidos ecologistas, porque tal vez nada contribuya a explicar la directiva del retorno mejor que el desempeño electoral en el conjunto de Europa de partidos que padecen de xenofobia.

Incidentalmente, esa no es la única fobia que los aqueja. Ya en enero del 2007 habían hecho noticia cuando, catapultados por el voto de unos 23 millones de electores, obtuvieron los escaños necesarios para formar una bancada en el Parlamento Europeo, con todos los derechos que eso implica. En aquella ocasión el diario británico "The Independent" se refirió al hecho con el siguiente titular: "Gipsy-haters, holocaust-deniers, xenophobes, homophobes, anti-semites: the EU's new political force (Antigitanos, negadores del Holocausto, xenófobos, homofóbicos, antisemitas: la nueva fuerza política de la UE)".

Pero, a diferencia de los Verdes, la derecha xenófoba no es una fuerza menor que, por azares del cálculo electoral, puede convertirse en el fiel de la balanza. La primera y mayor clarinada de alerta se produjo en el 2002, cuando el Partido de la Libertad en Austria y el Frente Nacional en Francia obtuvieron, respectivamente, 27% y 18% de los votos en elecciones nacionales. Sus respectivos líderes, Jorg Haider y Jean-Marie Le Pen, poseen prontuarios muy coloridos.

Por solo citar un ejemplo, ambos tienen perspectivas muy peculiares sobre los campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras el primero los rebautizó como "campos de castigo" y rindió tributo a la memoria de los dirigentes de la SS (organización militar nazi), el segundo sostuvo a inicios de su carrera política que, de ser elegido presidente, internaría en "campos de concentración" a los portadores del VIH. Le Pen fue también el primer político con un cierto caudal electoral que propuso expulsar a todos los inmigrantes indocumentados. En aquel entonces esa propuesta causó estupor, hoy un sucedáneo de la misma es política oficial de la Unión Europea.

Pero al igual que con los Verdes, la trascendencia política de las agrupaciones xenófobas no radica en su capacidad para formar gobiernos de coalición (en Austria en el pasado, en Dinamarca hoy), o para convertirse en la segunda bancada dentro de algunos parlamentos (como Suiza y Noruega). Radica más bien en la forma en que han cambiado la agenda política en Europa.

Tras arriar algunas de sus banderas democráticas, el conservadurismo europeo intenta hoy arrebatar el estandarte con el cual los xenófobos confesos obtuvieron un buen rédito electoral: la política migratoria. La buena noticia es que los partidos xenófobos tienden a perder respaldo electoral allí donde esto sucede. La mala es que la derecha democrática sufre una transmutación en el proceso: se parece cada vez menos a aquellos conservadores ilustrados que, como Konrad Adenauer, inspiraron la integración de Europa, para parecerse cada vez más a Silvio Berlusconi.

Otra mala nueva es que esa estrategia política parece rendir frutos: habría que retroceder hasta el Concierto de Europa en el siglo XIX para encontrar una época en la que el predominio conservador haya sido tan absoluto en el Viejo Mundo. La socialdemocracia gobierna en solitario únicamente en 3 de los 27 países miembros de la UE, y es socio minoritario en el gobierno de otros dos.

Mención aparte merece el deplorable desempeño de los partidos "liberales" (sic) en la Unión Europea. Durante algún tiempo brindaron una pátina de legitimidad al discurso xenófobo, bajo el argumento de que los inmigrantes musulmanes no podrían integrarse a Europa, dado que su religión era incompatible con los valores humanistas y democráticos que inspiraban a ese continente. Semanas atrás, la bancada liberal en el Parlamento Europeo votó en bloque a favor de la directiva del retorno, norma que se aplica por igual a cualquier inmigrante indocumentado, con prescindencia de su lugar de origen o religión. De hecho, en países como Italia los más afectados por la vorágine antiinmigrante son ciudadanos de Rumanía, es decir, un país miembro de la UE. Lo cual sugiere que, cuando se trata de excluir, los xenófobos no discriminan: detestan a todos los extranjeros por igual.

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