Por Pedro Canelo
Cierra los ojos y cuenta hasta tres. Uno, dos por poquito. Cierra los ojos porque hoy todo será cierto. Uno, dos sigues esperando. Fueron tantos años que hoy necesitas ver para creer. Cierra los ojos uno, dos, tres. Ahora puedes abrir los ojos para soñar despierto.
Puedes tener la edad que quieras, la que se te antoje. Puedes ser otra vez el niño que fuiste y alzar los brazos para ser uno más de los guerreros. Los luchadores de la WWE se salieron de la pantalla de TV una noche de jueves y tú entraste al ring con ellos en el Estadio Nacional de Lima. Después de veinte, de diez, de cinco años. Después de haberlo soñado es mejor. Solo así sabrás que nada supera a la realidad. Nadie te lo contará, tú estuviste allí.
A las ocho y diez de la noche se encendieron las luces y se iluminó esa rampa que navega entre el bien y el mal. Allí aparecerá el lado oscuro y la lucha por la justicia. La polaridad y el equilibrio. Ese telón negro comenzó a moverse con disimulo y era inminente que todos habían llegado. El primero fue el latino 'Carlito', 'faltoso' como su peinado, pero demasiado poco para tumbarse a un histórico: Jim Duggan, el hombre del grito y del triplay. El mismo cavernícola que hace veinte años se convirtió en un David peludo para tumbarse al más grande de los Goliat: el mítico Andre The Giant.
Duggan estaba allí y a los de base dos y tres los regresó a esos años ochenta. Cuando todos fueron guerreros viendo luchar a Hulk Hogan, The Ultimate Warrior, The British Bulldog, una cofradía de superhéroes vestidos con poco para subir al ring.
Esa noche del 3 de julio del 2008 todo fue cierto. Eran de verdad. Esos miles que saltaban, que cantaban, que pedían un mínimo saludo fueron testigos de la mejor de sus historias. En el Perú la lucha libre tiene un público cautivo que está preparado hasta para gritar cada uno de los golpes: "Ehhh... uhhhhhhh". Preparados y fieles. Merecían este premio que llega después de dos décadas de paciente fanatismo.
DE BUEN 'PEDIGREE'
Cada canción es un anuncio. Un llamado al grito inalcanzable. Suena "Time to play the game" para confirmar que uno de los más grandes ha venido. Es Triple H, nunca tan parecido a Thor, nunca tan real. Maloso, macizo y sin perturbaciones. Así lo vimos en TV, así lo vemos ahora.
Su rival, su clásico oponente, el rapero y conquistador John Cena. Tan musculoso como el 'Rey de Reyes' para equilibrar el juego de los músculos, la coreografía de las llaves maestras. Cena y Triple H protagonizaron la pelea de la noche. La que todos querían ver. Con el 'FU' de Cena y el efectivo 'Pedigree' de Triple H.
No era la parafernalia conocida con pantallas gigantes, danza de luces. Nada de eso. Lo de esa noche en el Nacional fue más artesanal y con un desorden que obligó a mirar de pie el espectáculo. Era el tributo pagado a la primera vez, que quizá también sea la última.
Mickie James y Beth Phoenix fueron las damas de honor, y el halago a sus técnicas se confundía con el delirio hormonal de los varones sentados cerca el ring. Después en la lucha de dobles llamó la atención la presencia de un tal Ted Dibiase Jr. Apenas se escuchó su nombre los más memoriosos recordaron que el muchacho tenía el mismo nombre de un luchador ochentero conocido como 'El Hombre del Millón de Dólares'. Era su hijo.
Para el cierre una leyenda. Un hombre que ha firmado algún pacto con el tiempo para perdurar. El gran Shawn Michaels y su 'sweet chin music', esa patada biónica que esos miles que estaban parados allí nunca imaginaron ver en vivo. Ese puntapié en la nuca de Chris Jericho para despedir el sueño real.
Esas peleas y coreografías son las que sintonizamos desde niños. Esas técnicas con las que todos identificamos al verlas tantas veces. La diferencia esta vez, y quizá lo más significativo, fue el valor de ser testigo. De tocar, ver, oler y escuchar.
Cerca de las diez de la noche fue imposible no retroceder. Todos alguna vez quisimos estar allí, algunos quisieron ser Hulk Hogan, otros The Ultimate Warrior, algunos más jóvenes La Roca o Stone Cold. Esa noche todos fuimos Triple H, John Cena, Chris Jericho o Jeff Hardy. Y juntos entramos a ese ring iluminado con faros multicolor. Para no irnos. Ahora puedes cerrar los ojos. Y cuenta hasta tres.