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PERÚ

Monseñor Alcides Mendoza cumple 50 años de labor religiosa

Obispo cusqueño fue el más joven del mundo

Por Javier Ascue

El papa Pío XII lo nombró obispo de Abancay --cuenta él-- porque necesitaba a alguien que pudiera recorrer a caballo las comunidades más alejadas de la región, aquellas pobladas por quechuahablantes que poco contacto tenían con el ruido de la ciudad. Necesitaba a alguien que fuera capaz de fundar una diócesis en este departamento azotado por la pobreza y sus derivados: lo necesitaba a él.

Lo nombró el 6 de julio de 1958, cuando apenas tenía 30 años (y lo convirtió así en el obispo más joven del mundo). De eso han pasado 50 años divididos entre miles de historias.

Monseñor, cuénteme cómo fue su niñez. ¿A qué edad supo que quería ser sacerdote?
Nací en Huancavelica. Mi padre me dejó a muy temprana edad, así que me crie con mi madre hasta los 12 años; luego ingresé al seminario. Mi vocación sacerdotal se inició a los 7 años, con el ejemplo dado por los misioneros redentoristas Carlos María Jurgen y Florencio Coronado. A partir de entonces ingresé a los seminarios de Ayacucho y Arequipa, y terminé mis estudios en la Facultad de Teología de Lima. A los 23 años me ordené sacerdote.

Después de ser ordenado obispo de Abancay, y antes de ser arzobispo de Cusco, se convirtió en arzobispo castrense. ¿Qué recuerda de aquellos tiempos?
Este cargo lo ocupé durante 20 años y eso me permitió conocer todo el país, especialmente los lugares donde están nuestros cuarteles militares, incluidos los rincones de las fronteras.

¿Estuvo, entonces, en el falso Paquisha durante la guerra?
Estuve al día siguiente de esa acción en la Cordillera del Cóndor para dar sepultura a los soldados que ofrendaron su vida por el país; eran entre 25 y 30 cuerpos que ya estaban casi descompuestos. Luego celebré una misa en pleno escenario de combate: a falta de un altar puse encima de un cilindro una puerta que había volado por las explosiones.

Y vivió los años del terrorismo.
Pude llegar a los cuarteles acosados por los terroristas, especialmente en Ayacucho y Apurímac. ¡Tuve que ir varias veces protegido por un chaleco antibalas!

¿Sintió miedo?
Tenía que cumplir mi deber. Además, pude llegar a estos cuarteles porque tengo grado militar, soy general de brigada, además de arzobispo castrense. Yo sabía que era el mensajero de la paz y, como tal, tenía que animar a aquellos que defendían la patria.

Usted tiene 80 años y ha dedicado a la iglesia más de 50. ¿Qué le ha faltado hacer?
Muchas cosas. Pero felizmente pude realizar obras en Abancay, como orfelinatos, postas, monasterios para las religiosas carmelitas. En Chaclacayo construimos un asilo para obispos y sacerdotes ancianos. En Sullana logramos levantar un orfanato para niños de los desiertos de Piura. En Cusco pudimos construir asilos para ancianos desamparados, escuelas para sordomudos, centros de rehabilitación para enfermos de poliomielitis. Pero hay mucho más por hacer.

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